Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 115

ninguna de las precauciones habituales. ¡ Qué estúpida! Ahora pagaría su error. Y muy caro. Dejó caer la linterna y luego levantó la navaja y se la puso al cuello. Tenía tiempo, y eso no se lo iban a poder impedir. Entonces, la chica volvió a hablar, con voz amable.— No se te ocurra hacerlo. Sarah farfulló algo ininteligible, porque el terror le ponía un nudo en la garganta.— Sabes quién soy … Soy Rebecca. Sarah negó con la cabeza, con los ojos empañados. Algún rincón de su cerebro se preguntó por qué aquella niña styx utilizaba un nombre de la Superficie. Nadie conocía sus auténticos nombres.— Me has visto en casa de Will. Sarah volvió a negar con la cabeza, pero después se quedó paralizada. Había algo familiar en la chica. Comprendió que se hacía pasar por la hermana de Will. Pero ¿ cómo había podido hacer semejante cosa?— La navaja— apremió Rebecca—, suéltala.— No— intentó decir Sarah, pero sólo le salió un gemido.— Nosotras tenemos mucho en común. Tenemos intereses en común. Harías bien en oír lo que tengo que decirte.— No hay nada que decir— gritó Sarah, recuperando la voz.— Explícaselo, Joe— dijo la chica styx, volviéndose un poco hacia un lado. Alguien avanzó desde la pared. Era el hombre que había escrito la carta, Joe Waites, uno de los amigos de su hermano Tam. Joe había sido como alguien más de la familia para ella y para su hermano, un amigo leal que habría seguido a Tam al fin del mundo.— Vamos— le ordenó Rebecca—. Explícaselo.— Soy yo, Sarah— dijo él—. Joe Waites— añadió enseguida, viendo que ella no daba muestras de reconocerlo. Avanzó un centímetro, dirigiendo hacia ella la palma de sus manos temblorosas. La voz se le quebraba a causa de la turbación, y de su boca sólo salían palabras sin mucho concierto—. Sarah— imploró—, por favor, por favor, suelta eso, suelta esa navaja … Hazlo por tu hijo, por Cal … Supongo que has leído mi carta … Es verdad, es el divino …
Sarah apretó más la hoja de la navaja contra el cuello, por encima de la yugular, y él se quedó en el sitio, como muerto, con las manos tendidas y los dedos extendidos,
ninguna de las precauciones habituales. ¡ Qué estúpida! Ahora pagaría su error. Y muy caro. Dejó caer la linterna y luego levantó la navaja y se la puso al cuello. Tenía tiempo, y eso no se lo iban a poder impedir. Entonces, la chica volvió a hablar, con voz amable.— No se te ocurra hacerlo. Sarah farfulló algo ininteligible, porque el terror le ponía un nudo en la garganta.— Sabes quién soy … Soy Rebecca. Sarah negó con la cabeza, con los ojos empañados. Algún rincón de su cerebro se preguntó por qué aquella niña styx utilizaba un nombre de la Superficie. Nadie conocía sus auténticos nombres.— Me has visto en casa de Will. Sarah volvió a negar con la cabeza, pero después se quedó paralizada. Había algo familiar en la chica. Comprendió que se hacía pasar por la hermana de Will. Pero ¿ cómo había podido hacer semejante cosa?— La navaja— apremió Rebecca—, suéltala.— No— intentó decir Sarah, pero sólo le salió un gemido.— Nosotras tenemos mucho en común. Tenemos intereses en común. Harías bien en oír lo que tengo que decirte.— No hay nada que decir— gritó Sarah, recuperando la voz.— Explícaselo, Joe— dijo la chica styx, volviéndose un poco hacia un lado. Alguien avanzó desde la pared. Era el hombre que había escrito la carta, Joe Waites, uno de los amigos de su hermano Tam. Joe había sido como alguien más de la familia para ella y para su hermano, un amigo leal que habría seguido a Tam al fin del mundo.— Vamos— le ordenó Rebecca—. Explícaselo.— Soy yo, Sarah— dijo él—. Joe Waites— añadió enseguida, viendo que ella no daba muestras de reconocerlo. Avanzó un centímetro, dirigiendo hacia ella la palma de sus manos temblorosas. La voz se le quebraba a causa de la turbación, y de su boca sólo salían palabras sin mucho concierto—. Sarah— imploró—, por favor, por favor, suelta eso, suelta esa navaja … Hazlo por tu hijo, por Cal … Supongo que has leído mi carta … Es verdad, es el divino …
Sarah apretó más la hoja de la navaja contra el cuello, por encima de la yugular, y él se quedó en el sitio, como muerto, con las manos tendidas y los dedos extendidos,