Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Página 11

Se anudó un pañuelo a la cabeza y salió del hoyo. Alejándose a toda prisa de la carretera, cruzó el campo al abrigo de un destartalado muro de piedra. A continuación subió a buen paso la empinada cuesta, hasta alcanzar la cumbre de la colina. En aquel punto, en el cual su silueta se recortaba en el cielo, Sarah sabía que estaba muy expuesta, y sin perder tiempo empezó a descender por el otro lado hacia el valle que se abría ante sus ojos.
A su alrededor, el viento, canalizado por las curvas del terreno, enviaba el agua en remolinos, como diminutos tornados. A través de ellos, percibió con el rabillo del ojo algo que se agitaba. Se quedó petrificada, y se giró para ver aquella cosa pálida. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal … Aquello no tenía nada que ver con la oscilación de las matas de brezo ni con la ondulación de la hierba agitada por el viento … Se movía con otro ritmo diferente.
Fijó la mirada en aquel punto hasta distinguir de qué se trataba. Allí, en plena ladera, salió a la vista un pequeño cordero, que retozaba y hacía cabriolas entre las matas de cañuela. Delante de sus ojos, el cordero corrió a esconderse entre unos raquíticos arbolillos, como si algo lo hubiera asustado. Sarah se estremeció. ¿ Qué era lo que lo había hecho escapar? ¿ Había alguien más por allí cerca? ¿ Otro ser humano? Se puso tensa, pero se volvió a relajar cuando vio que el corderillo volvía a salir al claro, esta vez acompañado por su madre, que pacía sin prestar atención mientras la cría se restregaba contra su costado.
Era una falsa alarma, pero el rostro de Sarah no reflejó asomo de alivio ni de regocijo. Sus ojos no se prendieron del cordero cuando volvió a corretear, con su lana virgen que parecía algodón, en marcado contraste con la lana áspera y sucia de su madre. No había tiempo para tales entretenimientos en la vida de Sarah, ni en aquel momento ni nunca. Ella estaba ya repasando la ladera opuesta del valle, escudriñándola en busca de cualquier presencia sospechosa.
Volvió a ponerse en camino por entre la céltica quietud de la frondosa vegetación y sobre las lisas piedras hasta llegar al arroyo que corría por lo hondo del valle. Sin dudar un instante, pisó en las aguas cristalinas y caminó con decisión por ellas, modificando su dirección para seguir la del arroyo, y utilizando las piedras cubiertas de musgo para pisar sobre ellas siempre que eso le permitía avanzar más aprisa.
Cuando creció el nivel del agua, amenazando con metérsele por los zapatos, dio un salto para volver a la orilla, que estaba alfombrada de una mullida capa de hierba recortada por las ovejas. Pero siguió caminando aprisa, sin descanso, y antes de que
Se anudó un pañuelo a la cabeza y salió del hoyo. Alejándose a toda prisa de la carretera, cruzó el campo al abrigo de un destartalado muro de piedra. A continuación subió a buen paso la empinada cuesta, hasta alcanzar la cumbre de la colina. En aquel punto, en el cual su silueta se recortaba en el cielo, Sarah sabía que estaba muy expuesta, y sin perder tiempo empezó a descender por el otro lado hacia el valle que se abría ante sus ojos.
A su alrededor, el viento, canalizado por las curvas del terreno, enviaba el agua en remolinos, como diminutos tornados. A través de ellos, percibió con el rabillo del ojo algo que se agitaba. Se quedó petrificada, y se giró para ver aquella cosa pálida. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal … Aquello no tenía nada que ver con la oscilación de las matas de brezo ni con la ondulación de la hierba agitada por el viento … Se movía con otro ritmo diferente.
Fijó la mirada en aquel punto hasta distinguir de qué se trataba. Allí, en plena ladera, salió a la vista un pequeño cordero, que retozaba y hacía cabriolas entre las matas de cañuela. Delante de sus ojos, el cordero corrió a esconderse entre unos raquíticos arbolillos, como si algo lo hubiera asustado. Sarah se estremeció. ¿ Qué era lo que lo había hecho escapar? ¿ Había alguien más por allí cerca? ¿ Otro ser humano? Se puso tensa, pero se volvió a relajar cuando vio que el corderillo volvía a salir al claro, esta vez acompañado por su madre, que pacía sin prestar atención mientras la cría se restregaba contra su costado.
Era una falsa alarma, pero el rostro de Sarah no reflejó asomo de alivio ni de regocijo. Sus ojos no se prendieron del cordero cuando volvió a corretear, con su lana virgen que parecía algodón, en marcado contraste con la lana áspera y sucia de su madre. No había tiempo para tales entretenimientos en la vida de Sarah, ni en aquel momento ni nunca. Ella estaba ya repasando la ladera opuesta del valle, escudriñándola en busca de cualquier presencia sospechosa.
Volvió a ponerse en camino por entre la céltica quietud de la frondosa vegetación y sobre las lisas piedras hasta llegar al arroyo que corría por lo hondo del valle. Sin dudar un instante, pisó en las aguas cristalinas y caminó con decisión por ellas, modificando su dirección para seguir la del arroyo, y utilizando las piedras cubiertas de musgo para pisar sobre ellas siempre que eso le permitía avanzar más aprisa.
Cuando creció el nivel del agua, amenazando con metérsele por los zapatos, dio un salto para volver a la orilla, que estaba alfombrada de una mullida capa de hierba recortada por las ovejas. Pero siguió caminando aprisa, sin descanso, y antes de que