Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 105
—¿ Nos sentamos?— propuso Sarah retomando su asiento. La señora Burrows echó un vistazo a las sillas que había en la sala, y no eligió la que estaba junto a Sarah, sino otra que había más cerca de la puerta, como si contemplara la posibilidad de hacer una salida apresurada.
—¿ Quién es usted?— le preguntó sin rodeos, dirigiendo su mirada a Sarah—. No la conozco.
— No. Pertenezco a los Servicios Sociales— respondió, sosteniendo un instante la carta que había cogido del felpudo de la casa. La señora Burrows alargó el cuello intentando leer algo—. El día quince le escribimos comunicándole esta reunión— dijo Sarah apresurándose a colocar la arrugada carta en la carpeta que tenía en el regazo, encima del resto de los papeles.
— Nadie me ha dicho nada de ninguna reunión. Déjeme ver eso— pidió la señora Burrows intentando levantarse con una mano tendida para coger la carta.
— No … no tiene importancia. Supongo que en la residencia se olvidaron de decírselo, y de todas maneras no voy a entretenerla mucho tiempo. Sólo quería asegurarme de que todo le iba bien y …
—¿ No es por el dinero?— la cortó al tiempo que volvía a sentarse, cruzando las piernas—. Según tengo entendido, la Seguridad Social pagará una cantidad además de la aportación del Estado, y todo lo que pase de esa cantidad habrá que pagarlo con el dinero de la venta de la casa.
— Estoy segura de que todo está correcto, pero creo que son cosas que no pertenecen a mi departamento— comentó Sarah con otra fugaz sonrisa. Abrió la carpeta que tenía en las rodillas y sacó un bloc de notas. Estaba quitándole la tapa al bolígrafo cuando le llamó la atención un osito de peluche color café que estaba pintado en la pared, un poco por encima de la señora Burrows. Alrededor del oso había unos dados cuidadosamente pintados de colores brillantes, como rojo, naranja y azul pastel, que mostraban diferentes números. Sarah hizo un gesto negativo con la cabeza y volvió a dirigir su atención a la señora Burrows, levantando el bolígrafo sobre una hoja de papel en blanco.— Así que, dime, ¿ cuándo te admitieron aquí, Celia? ¿ Te importa que te tutee?— No, claro que no. Fue en noviembre del año pasado.—¿ Y qué tal te va?— preguntó Sarah, haciendo como que tomaba notas.— Muy bien, gracias— respondió la señora Burrows, y después añadió como si se defendiera—: Pero todavía me queda mucho para superar mi … eh … mi trauma … Y
—¿ Nos sentamos?— propuso Sarah retomando su asiento. La señora Burrows echó un vistazo a las sillas que había en la sala, y no eligió la que estaba junto a Sarah, sino otra que había más cerca de la puerta, como si contemplara la posibilidad de hacer una salida apresurada.
—¿ Quién es usted?— le preguntó sin rodeos, dirigiendo su mirada a Sarah—. No la conozco.
— No. Pertenezco a los Servicios Sociales— respondió, sosteniendo un instante la carta que había cogido del felpudo de la casa. La señora Burrows alargó el cuello intentando leer algo—. El día quince le escribimos comunicándole esta reunión— dijo Sarah apresurándose a colocar la arrugada carta en la carpeta que tenía en el regazo, encima del resto de los papeles.
— Nadie me ha dicho nada de ninguna reunión. Déjeme ver eso— pidió la señora Burrows intentando levantarse con una mano tendida para coger la carta.
— No … no tiene importancia. Supongo que en la residencia se olvidaron de decírselo, y de todas maneras no voy a entretenerla mucho tiempo. Sólo quería asegurarme de que todo le iba bien y …
—¿ No es por el dinero?— la cortó al tiempo que volvía a sentarse, cruzando las piernas—. Según tengo entendido, la Seguridad Social pagará una cantidad además de la aportación del Estado, y todo lo que pase de esa cantidad habrá que pagarlo con el dinero de la venta de la casa.
— Estoy segura de que todo está correcto, pero creo que son cosas que no pertenecen a mi departamento— comentó Sarah con otra fugaz sonrisa. Abrió la carpeta que tenía en las rodillas y sacó un bloc de notas. Estaba quitándole la tapa al bolígrafo cuando le llamó la atención un osito de peluche color café que estaba pintado en la pared, un poco por encima de la señora Burrows. Alrededor del oso había unos dados cuidadosamente pintados de colores brillantes, como rojo, naranja y azul pastel, que mostraban diferentes números. Sarah hizo un gesto negativo con la cabeza y volvió a dirigir su atención a la señora Burrows, levantando el bolígrafo sobre una hoja de papel en blanco.— Así que, dime, ¿ cuándo te admitieron aquí, Celia? ¿ Te importa que te tutee?— No, claro que no. Fue en noviembre del año pasado.—¿ Y qué tal te va?— preguntó Sarah, haciendo como que tomaba notas.— Muy bien, gracias— respondió la señora Burrows, y después añadió como si se defendiera—: Pero todavía me queda mucho para superar mi … eh … mi trauma … Y