Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 104

similar al que hace el neumático de un camión al reventar. —¡Desgraciada! —sentenció la señora Burrows, prosiguiendo su recorrido por el pasillo. Llegó ante una puerta que tenía un tosco cartel de plástico blanco sobre el que unas letras negras proclamaban que se trataba de la «Sala de felicidad». Empujó la puerta. La sala ocupaba una esquina del edificio y tenía ventanas en dos de las paredes que daban a la rosaleda. Alguien del personal había tenido la brillante idea de animar a los pacientes a pintar murales en las otras dos paredes, aunque el resultado final no había sido exactamente el que se había previsto al principio. Un arco iris de dos metros de anchura, formado por una serie de franjas pintadas en distintos tonos de marrón, trazaba su curva por encima de un extraño surtido de figuras humanoides. Un extremo de este arco iris se introducía en el mar, donde sonreía un hombre, en pie sobre una tabla de surf y con los brazos extendidos en una especie de saludo de payaso, mientras una enorme aleta de tiburón trazaba a su alrededor un círculo. En el cielo, por encima del parduzco arco iris, revoloteaban las gaviotas, pintadas en el mismo estilo naif que todo lo demás. Tenían un cierto encanto, hasta que uno veía las cagaditas que salían de su parte trasera, trazadas en líneas discontinuas, igual que un niño habría dibujado las bombas cayendo de los bombarderos. Estas cagaditas impactaban sobre un grupo de figuras de cuerpo humano aunque redondeado y cabeza de ratón. La señora Burrows no se sentía cómoda en la sala, porque tenía la sensación de que aquellas imágenes fracturadas y misteriosas intentaban trasmitirle a ella mensajes ocultos, y no le cabía de ninguna manera en la cabeza por qué se usaba para recibir a las visitas. Prestó atención a su indeseada visitante, mirando con desdén a aquella mujer vestida con ropa anodina que tenía una carpeta sobre las rodillas. La mujer se puso de inmediato en pie y observó a la señora Burrows con sus ojos extremadamente claros. —Me llamo Kate O'Leary —dijo Sarah. —Ya lo veo —respondió la señora Burrows leyendo la inscripción de la chapa que llevaba prendida al jersey. —Me alegro de conocerla, señora Burrows —siguió Sarah sin inmutarse, obligándose a sonreír mientras le tendía la mano. La señora Burrows murmuró un «hola», pero se guardó la suya.