Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 101

repente empezaron estos extraños episodios. —Frunciendo el ceño, miró a la señora Burrows—. Su habitación está justo debajo de la de ella, ¿no ha visto a nadie por allí? —No, ni lo creo probable. —¿Por qué? —preguntó la supervisora. —Está más claro que el agua, ¿no? —contestó la señora Burrows sin rodeos, logrando al fin meter el pie en la zapatilla—. Se trata del ser que todos tememos, en el fondo: la dama del alba, el sueño eterno… como se lo quiera llamar. Ha tenido la espada de Damocles demasiado tiempo sobre su cabeza… Pobrecita. —Quiere decir… —comenzó la supervisora, tratando de entender lo que decía la señora Burrows. Le dirigió un leve «uf…» sólo para mostrar lo que pensaba de su teoría. La señora Burrows no quedó en absoluto afectada por la reacción de la supervisora. —Recuerde mis palabras, ya verá cómo al final tengo razón yo —dijo con total convicción, volviendo a mirar hacia la enmudecida pantalla de televisión porque se dio cuenta de que de un momento a otro empezaría Cifras y letras. La supervisora resopló para expresar su escepticismo. —¿Desde cuándo la muerte es un hombre con sombrero negro? —dijo retomando su aire de persona seria y realista y consultando el reloj—. ¿Ya es tan tarde? Tengo que seguir con mi trabajo. —Le dirigió a la señora Burrows una mirada severa—. No haga esperar a su visita, y espero que después salga a dar un buen paseo por el jardín. —Por supuesto —aceptó la señora Burrows con un rotundo movimiento de cabeza de arriba abajo, aunque en su fuero interno le parecía completamente desagradable el ofrecimiento de hacer ejercicio. No tenía la más leve intención de «darse un buen paseo», pero haría mucho alarde de prepararse para salir, y después se limitaría a rodear la residencia antes de meterse en las cocinas para perderse de vista por un rato. Si tenía suerte, hasta podría tomarse allí una taza de té y unas pastas de crema pastelera. —¡Muy bien! —dijo la supervisora, paseando la vista por el salón en busca de alguna otra cosa que no estuviera en orden. La señora Burrows le sonrió con dulzura. Tras llegar a la residencia, le había costado muy poco tiempo comprender que, si seguía un poco la corriente a la supervisora y al personal, podía hacer lo que le diera la gana, por lo menos la mayor parte del tiempo, dado que ella representaba muy pocos problemas en comparación