Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 102

con la mayoría de los internos. Estos constituían un grupo heterogéneo, pero la señora Burrows los observaba a todos con idéntico desprecio. Humphrey House tenía su buena ración de «adormilados», como ella los llamaba. Había un montón de aquellos desgraciados que, dejados a su aire, se colocaban por todos lados, como almas perdidas y solitarias, pero sobre todo en rincones en que podían pasarse las amargas horas sin que nadie los molestara. La señora Burrows había presenciado, sin embargo, la sorprendente transformación que podían experimentar los pacientes de aquel tipo, especialmente por las noches. Sin previo aviso, sufrían una metamorfosis después de que apagaran las luces, como las orugas que se envuelven a sí mismas en una acogedora crisálida sólo para salir de allí convertidas en una criatura completamente diferente. En el caso de los «adormilados», se convertían en «chillones» a las tantas de la noche. Entonces, aquella especie habitualmente no violenta se ponía a chillar y aullar y a romper cosas en su habitación hasta que los empleados de la residencia llegaban a apaciguarlos, o a administrarles un par de pastillas. Y, generalmente, volvían a metamorfosearse en «adormilados» al amanecer del siguiente día. Después estaban los «zombis», que iban por ahí arrastrando los pies como si fueran extras despistados en un rodaje, que no supieran lo que tenían que hacer ni adonde tenían que dirigirse, y que ciertamente no recordaban nunca la frase que tenían que decir (eran normalmente incapaces de mantener una conversación racional). La señora Burrows los ignoraba casi siempre cuando pasaban a su lado dando trompicones en su azaroso y absurdo deambular. Pero para ella los peores eran los «representantes», horribles especímenes de profesionales de mediana edad del agobiante mundo de la banca o de la contabilidad, o de otras ocupaciones igual de intrascendentes, en su opinión, cuya mente había estallado en mitad de su carrera profesional. Aborrecía apasionadamente a aquella especie de mutilados de guerra, soldados con traje de raya diplomática. A veces porque sus maneras y su rostro carente de expresión le recordaban demasiado a su marido, Roger Burrows. Y es que justo antes de que cogiera las cosas y se largara, Dios sabía adonde, ella había percibido peligrosos signos de que iba por el mismo camino de aquellos hombres. Porque la señora Burrows odiaba a su marido apasionadamente. Ya en los primeros años de matrimonio habían tenido problemas. La imposibilidad para tener hijos había abierto enseguida una grieta en su relación. Y todo el jaleo que