Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
en aquel laberinto subterráneo de extraordinaria complejidad. Recordaba que Tam se
había referido a aquella zona con ese nombre, el «Laberinto», y lo había comparado
con una piedra pómez horadada por innumerables poros entrelazados que
serpenteaban siguiendo rutas azarosas. Will no había pensado mucho en las palabras
de su tío cuando las había pronunciado, pero en aquel momento comprendía muy
bien su significado. El mismo tamaño del lugar resultaba sobrecogedor, y aunque
habían avanzado aprisa por entre los pasadizos, Will calculaba que todavía les
quedaba mucho. Los ayudaba considerablemente que el camino descendiera con una
suave inclinación, pero eso mismo le causaba consternación, porque sabía que cada
metro que descendieran tendrían que volverlo a subir antes de llegar a la Superficie.
Pasó la vista del mapa a las paredes del túnel. Tenían un tono rosáceo, tal vez
debido a la presencia de depósitos de hierro que podían ser el motivo de que la
brújula no funcionara allí abajo: la aguja se había vuelto loca, sin quedarse en el
mismo punto el rato suficiente para ofrecer alguna pista.
Mirando a su alrededor, pensó que los pasadizos podía haberlos formado una
burbuja de gas que hubiera quedado allí encerrada bajo una capa solidificada de
cualquier material más duro, y que había buscado muchas maneras de escapar a
través de la roca volcánica fundida. Sí, ésa podía ser la razón de que no hubiera
túneles verticales. Y había otra posibilidad: que los hubiera ido formando el agua a lo
largo del tiempo, después de que la roca se hubiera enfriado, aprovechando
cualquier punto frágil por entre las rocas para irse abriendo camino.
«Me pregunto qué diría mi padre», pensó antes de darse cuenta de que
seguramente no volvería a verlo nunca. Ya no.
Y por mucho que lo intentara, tampoco podía dejar de recordar la última mirada
de Chester, cayendo por los suelos y en las garras de los styx, sin que ellos dos
pudieran hacer nada para ayudarle. Había vuelto a fallarle...
¡Y Rebecca! La cosa era incontrovertible, lo había visto con sus propios ojos: ¡era
una styx! A pesar de lo débil que se sentía, le hervía la sangre. Le entraban ganas de
reírse a carcajadas al pensar lo preocupado que había estado por ella.
Pero no había tiempo para cavilaciones. Si querían salir vivos de allí, tenían que
asegurarse de no equivocar la ruta. Echó una última mirada al mapa, y lo volvió a
doblar antes de reemprender el camino.
—Uno dos, uno dos, uno, uno, uno dos...
La fina arena roja crujía bajo sus pies. Will esperaba que ocurriera algo, ver una
señal, cualquier cosa que rompiera la monotonía y les confirmara que continuaban en
el camino correcto. Empezaba a desesperar de que pudieran llegar al final alguna
vez, porque era posible incluso que estuvieran caminando en círculos.
Así que sintió una enorme emoción cuando encontraron algo que parecía una
pequeña lápida plana y redondeada por arriba, apoyada en la pared del túnel.
238