Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
Will volvió a mirar por la ventanilla. Como si fuera una macabra película de cine
mudo, contempló sin poder hacer nada la desesperación del rostro de Chester
mientras peleaba valientemente con los styx. De algún modo había conseguido
hacerse con la pala de Will, e intentaba mantenerlos apartados a base de golpes. Pero
eran demasiados para poder resistirse cuando los styx se le echaron encima como
una plaga de langostas devoradoras.
Pero entonces un rostro se acercó a la ventanilla e impidió ver todo lo demás.
Era el rostro de Rebecca. Frunció los labios con severidad e hizo con la cabeza un
movimiento dirigido a Will, como si tratara de regañarle. Tal como había hecho
durante todos aquellos años en Highfield. Le estaba diciendo algo, pero no se oía
nada a través de la puerta.
—Tenemos que irnos, Will. Conseguirán abrir —le apremió Cal. El apartó con
dificultad los ojos de la ventanilla. Rebecca seguía diciéndole algo con el movimiento
de los labios. Y, de pronto, comprendió con un escalofrío lo que estaba diciendo. Lo
comprendió con exactitud. Le estaba cantando una canción.
—¡Sunshine...! —exclamó con amargura—. ¡You are my sunshine!
Huyeron por el pasadizo de roca, con Bartleby a la retaguardia, y llegaron a una
especie de patio con forma de cúpula del que salían numerosos pasadizos. Todas las
paredes estaban pulidas, y las aristas redondeadas como si el agua hubiera
suavizado todas las superficies fluyendo por ellas durante siglos. Pero en aquel
momento estaba seco, y las paredes se hallaban recubiertas de una especie de limo
áspero, como vidrio en polvo.
—Sólo tenemos una máscara —dijo Will de repente, cayendo en la cuenta. Le
cogió a su hermano el artilugio de goma y lona y lo examinó.
—¡Oh, no! —dijo Cal con cara abatida—. ¿Qué vamos a hacer? No podemos
volver.
—El aire de la Ciudad Eterna —preguntó Will—, ¿qué tiene de dañino?
—El tío Tam dice que hubo una especie de plaga. Que mató a todo el mundo...
—Pero el aire ya no está contaminado, ¿o sí? —se apresuró a preguntar Will,
temiendo la respuesta.
Cal asintió moviendo la cabeza lentamente.
—Tam dice que sí.
—Entonces la máscara te la pondrás tú.
—¡De eso nada!
Visto y no visto, Will le colocó la máscara a Cal en la cabeza, ahogando sus
protestas. Su hermano se defendió intentando quitársela, pero él no se lo permitió.
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