Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
el otro brazo. Empezaron a tirar de ambos lados, y el aterrorizado chico, que lanzaba
alaridos, servía de cuerda en aquel juego de tira y afloja. Y lo peor era que ya nadie se
encargaba de la manivela de la puerta, que empezaba a dar vueltas desbocada,
mientras la puerta descendía pesada y lentamente por los rieles. Chester se
encontraba justo debajo.
—¡Sacúdetelos! —le gritó Will.
Chester intentó desprenderse de ellos dándoles patadas, pero no sirvió de nada.
Lo tenían muy bien sujeto. Will se metío debajo de la puerta a modo de cuña en un
vano intento por ralentizar su caída, pero era demasiado pesada y casi perdió el
equilibrio. No había ninguna posibilidad de que pudiera ocuparse de la puerta y
sujetar a Chester al mismo tiempo.
Los styx tiraban de Chester y soltaban gruñidos, y el chico intentaba resistirse con
todas sus fuerzas, pero Will comprendió que no había ninguna posibilidad de vencer
a los styx. Chester se le escurría de las manos y gritaba de dolor mientras los styx
hundían las garras en la carne de su brazo. Entonces, mientras la puerta proseguía su
descenso imparable, Will comprendió lo que iba a ocurrir: a menos que soltara a
Chester, la puerta lo trituraría.
A menos que lo dejara en manos de los styx. La manivela giraba dando vueltas
desbocada. La puerta se hallaba ya a poco más de un metro del suelo, y el cuerpo de
Chester empezaba a doblarse con todo el peso de ésta en la espalda. Will tenía que
hacer algo, y pronto.
—¡Lo siento, Chester! —gritó.
Por un instante, los ojos de Chester lo miraron, llenos de terror. Y a continuación
Will le soltó el brazo y cedió a su amigo a los styx, que cayeron por su propio
impulso en un barullo de brazos y piernas. Chester gritó el nombre de Will mientras
la puerta caía con estruendo, terrible e irrevocable. Will no pudo hacer otra cosa que
mirar anonadado a través del cristal lechoso de la ventanilla cómo Chester y los styx
caían amontonados contra la pared. Inmediatamente, uno de los styx se levantó y
corrió hacia la puerta.
—¡Atranca la manivela! —El grito de Cal puso a Will en movimiento. Mientras Cal
sostenía una esfera de luz, Will se puso a manipular el mecanismo que había al lado
de la puerta. Sacó su navaja rápidamente y, utilizando la hoja principal, intentó
meterla de cuña para obstruir los engranajes.
—¡Que funcione, que funcione, Dios mío! —rogó Will.
Probó varias posiciones antes de que la hoja se deslizara entre dos de las ruedas
más grandes y se quedara trabada.
Will apartó las manos, rezando para que el truco funcionara. Y funcionó: la
pequeña navaja de color rojo empezó a temblar mientras los styx hacían fuerza en la
manivela, por el otro lado.
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