Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
—Es realmente muy sencillo. Me colocaron en tu familia cuando tenía dos años.
Así lo solemos hacer... Para relacionarnos con los infieles... Es el entrenamiento que
recibe la élite —dijo, y dio un paso adelante.
—¡No! —exclamó Will. Su mente volvía a funcionar, y su mano se internó
subrepticiamente en el bolsillo interior de su chaqueta—. ¡No me lo puedo creer!
—Es duro de aceptar, ¿verdad? Me pusieron allí para que no te perdiera de vista,
y para que pudiera, si había suerte, desenmascarar a tu madre... a tu madre auténtica.
—No es verdad.
—Da igual que no te lo creas —contestó de manera cortante—. Yo he cumplido mi
misión, así que ahora estoy aquí, de nuevo en casa. Ya no tengo que seguir fingiendo.
—¡No! —balbuceó Will, aferrando el pequeño paquete de tela que Tam le había
dado.
—Vamos, todo ha terminado —dijo Rebecca con impaciencia. Ante un gesto
apenas perceptible de la cabeza de la chica, los styx que la flanqueaban se
abalanzaron hacia ellos, pero Will ya estaba listo. Lanzó la piedra nodular contra la
pared de la cocina con toda su fuerza. La piedra pasó entre los dos styx que se habían
adelantado y golpeó los azulejos blancos pero sucios, convirtiéndose en algo
parecido a una ventisca de nieve.
Todo se detuvo.
Durante una fracción de segundo, Will temió que no fuera a ocurrir nada, que
aquello no funcionara. Vio que Rebecca se reía con una risa dura, sarcástica.
Entonces oyeron una especie de rugido, como si algo estuviera succionando el aire
de la habitación. Cada una de las diminutas esquirlas, al rociar el suelo, estallaba con
una luminosidad deslumbrante, lanzando rayos que se esparcían por toda la
habitación como un millón de focos. Eran tan intensos que una blancura virulenta,
insoportable, lo acribillaba todo.
A Rebecca extrañamente no parecía preocuparle lo más mínimo. En medio del
estallido de luz, permanecía en pie como un ángel oscuro, con los brazos cruzados en
su postura más característica, mientras chasqueaba la lengua en señal de
desaprobación.
Sin embargo, los dos styx que se habían abalanzado sobre él se detuvieron en el
acto y soltaron gritos que eran como uñas arañando una pizarra. Retrocedieron
tambaleándose, cegados, tratando de taparse los ojos.
Aquello le dio a Will la oportunidad que esperaba. Agarró a Chester y tiró de él,
arrancándolo de la manivela de la puerta.
Pero la luz ya estaba menguando, y otros dos styx apartaban a un lado a sus dos
compañeros cegados para sustituirlos. Embistieron contra Will, amenazándolo con
sus dedos como garras. Mientras él tiraba del brazo de Chester, los dos styx aferraron
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