Tuneles Roderick Gordon 1 Túneles | Page 232

Roderick Gordon - Brian Williams Túneles —Es realmente muy sencillo. Me colocaron en tu familia cuando tenía dos años. Así lo solemos hacer... Para relacionarnos con los infieles... Es el entrenamiento que recibe la élite —dijo, y dio un paso adelante. —¡No! —exclamó Will. Su mente volvía a funcionar, y su mano se internó subrepticiamente en el bolsillo interior de su chaqueta—. ¡No me lo puedo creer! —Es duro de aceptar, ¿verdad? Me pusieron allí para que no te perdiera de vista, y para que pudiera, si había suerte, desenmascarar a tu madre... a tu madre auténtica. —No es verdad. —Da igual que no te lo creas —contestó de manera cortante—. Yo he cumplido mi misión, así que ahora estoy aquí, de nuevo en casa. Ya no tengo que seguir fingiendo. —¡No! —balbuceó Will, aferrando el pequeño paquete de tela que Tam le había dado. —Vamos, todo ha terminado —dijo Rebecca con impaciencia. Ante un gesto apenas perceptible de la cabeza de la chica, los styx que la flanqueaban se abalanzaron hacia ellos, pero Will ya estaba listo. Lanzó la piedra nodular contra la pared de la cocina con toda su fuerza. La piedra pasó entre los dos styx que se habían adelantado y golpeó los azulejos blancos pero sucios, convirtiéndose en algo parecido a una ventisca de nieve. Todo se detuvo. Durante una fracción de segundo, Will temió que no fuera a ocurrir nada, que aquello no funcionara. Vio que Rebecca se reía con una risa dura, sarcástica. Entonces oyeron una especie de rugido, como si algo estuviera succionando el aire de la habitación. Cada una de las diminutas esquirlas, al rociar el suelo, estallaba con una luminosidad deslumbrante, lanzando rayos que se esparcían por toda la habitación como un millón de focos. Eran tan intensos que una blancura virulenta, insoportable, lo acribillaba todo. A Rebecca extrañamente no parecía preocuparle lo más mínimo. En medio del estallido de luz, permanecía en pie como un ángel oscuro, con los brazos cruzados en su postura más característica, mientras chasqueaba la lengua en señal de desaprobación. Sin embargo, los dos styx que se habían abalanzado sobre él se detuvieron en el acto y soltaron gritos que eran como uñas arañando una pizarra. Retrocedieron tambaleándose, cegados, tratando de taparse los ojos. Aquello le dio a Will la oportunidad que esperaba. Agarró a Chester y tiró de él, arrancándolo de la manivela de la puerta. Pero la luz ya estaba menguando, y otros dos styx apartaban a un lado a sus dos compañeros cegados para sustituirlos. Embistieron contra Will, amenazándolo con sus dedos como garras. Mientras él tiraba del brazo de Chester, los dos styx aferraron 232