Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
El segundo agente lo miró atentamente mientras Will sacaba la mano del bolsillo.
Vio encendida la lucecita roja que indicaba que la cámara estaba preparada.
Apuntando al hombre, apretó el obturador. El flash le dio al policía de lleno en la
cara. Lanzó un alarido y dejó caer las llaves, tapándose los ojos con las manos
mientras caía al suelo. El flash había sido tan brillante comparado con el delicado
resplandor de las esferas de luz que incluso Will y Chester, que se habían tapado los
ojos, sintieron el efecto de su resplandor.
—Lo siento —le dijo Will al agente, que seguía lamentándose.
Chester estaba de pie, pero no se movía. Parecía aturdido.
—¡Date prisa! —le gritó Will acercándose, tirando de él y haciéndolo pasar por
delante del agente, que empezaba a buscar la paread a tientas, sin dejar de gemir de
manera espantosa.
Al llegar a la zona de recepción, Will miró por casualidad al otro lado del
mostrador.
—¡Mi pala! —exclamó mientras pasaba por debajo de la trampilla y la cogía de la
pared en la que estaba apoyada.
Ya se encaminaba hacia donde había dejado a su amigo cuando vio al segundo
agente, que salía de la zona de calabozos tambaleándose. Casi a ciegas, el hombre
agarró a Chester, y antes de que Will comprendiera lo que ocurría, lo tenía sujeto por
el cuello.
Chester lanzó un grito entrecortado, tratando de soltarse.
Will no se detuvo a pensar: utilizó la pala. Con un ruido de huesos rotos, la pala
golpeó en la frente al segundo agente, que cayó al suelo con un quejido.
Esta vez Chester no tardó tanto en reaccionar. Siguió a su amigo y ambos salieron
corriendo de la comisaría, aminorando la marcha sólo lo justo para que Will
recuperara la mochila antes de doblar y enfilar el tramo de camino que Chester había
pasado tantas horas observando desde la celda. Luego volvieron a doblar una
esquina y se metieron por un túnel lateral.
—¿Es por aquí? —preguntó Chester, respirando con dificultad y tosiendo.
Will no respondió, pero siguió corriendo hasta llegar al final del túnel.
Y allí estaban, tal como las había descrito Tam: tres casas parcialmente derruidas
en una caverna circular. El suelo, de barro y arcilla, resultaba mullido al pisar, y el
aire apestaba a estiércol. Le llamaron la atención los muros de la caverna. Lo que al
principio había tomado por grupos de estalagmitas eran en realidad troncos de
árboles petrificados, algunos rotos por la mitad, y otros retorciéndose en torno a
alguno más antiguo. Aquellos restos fosilizados se alzaban en la oscuridad como un
bosque de piedra.
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