Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
Tam, señalándolo con el dedo para recalcar sus palabras—. Si dudas, perderás la
oportunidad y todo se irá al garete.»
Will se secó el sudor de la frente y se armó de valor para emprender la siguiente
fase del plan.
Al acercarse, la visión de la entrada de la comisaría le trajo recuerdos de cuando
les habían hecho subir por la escalinata a él y a Chester, y los duros interrogatorios a
que habían sido sometidos. Rememoró todo, e intentó apartar aquellos recuerdos de
su mente mientras se internaba en la penumbra lateral del edificio y se quitaba la
mochila. Sacó la cámara, y comprobó rápidamente que funcionaba antes de meterla
en el bolsillo. Entonces escondió la mochila y se dirigió a la escalinata. Al subirla,
respiró hondo y entró a la comisaría.
Allí estaba el segundo agente, reclinado en una silla con los pies sobre el
mostrador. Se volvió para mirar al recién llegado, con movimientos tan lentos como
si estuviera medio dormido. Le costó casi un segundo reconocer a la persona que
tenía delante, y entonces su cara vacuna adoptó una expresión de desconcierto.
—Bueno, bueno, Jerome, ¿qué demonios haces aquí otra vez?
—He venido a ver a mi amigo —respondió Will, intentando por todos los medios
que la voz no le traicionara. Tenía la sensación de estar subiendo por la rama de un
árbol, y que cuanto más subía más fina y frágil se hacía. Si se partía en aquel
momento, la caída sería mortal.
—Pero ¿quién te ha dejado venir? —preguntó con recelo el segundo agente.
—¿Quién cree usted? —preguntó Will a su vez, intentando sonreír con seguridad.
El segundo agente sopesó posibilidades por un momento, mirándolo de arriba
abajo.
—En fin, supongo... Si te han dejado pasar la Puerta de la Calavera, será que todo
está en orden —razonó en voz alta al levantarse lenta y pesadamente.
—Me dijeron que podría verlo —explicó Will— por última vez.
—Entonces, ¿sabes que va a ser esta noche? —preguntó el segundo agente con un
esbozo de sonrisa. Will asintió con la cabeza y vio que aquello despejaba cualquier
duda que siguiera albergando el policía. De inmediato, sus modales sufrieron una
transformación.
—¿No habrás hecho todo el camino a pie, supongo? —se interesó el policía. En su
rostro se abrió una sonrisa amable y generosa, como un tajo en la panza de un cerdo.
Will no había visto hasta entonces aquel lado del agente, y eso hacía más difícil llevar
a cabo lo que tenía planeado.
—Sí, he salido temprano.
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