Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
tabaco que sacó de una petaca, y la encendió, lanzando al aire pequeñas nubes de
humo. Will le oyó decir algo a las vacas antes de reemprender el camino.
Aliviado, el chico exhaló un suspiro silencioso y, comprobando que no había
moros en la costa, terminó rápidamente de bajar, zigzagueando de saliente en
saliente hasta que se encontró de nuevo en suelo firme. Entonces corrió todo lo
rápido que pudo por el camino, a cuyos lados había setas de proporciones
inverosímiles, con sus sombreretes ovoides y bulbosos descansando sobre gruesos
pedicelos. Los reconoció como Boletus edulis y, mientras corría, el movimiento de la
luz en la palma de su mano proyectaba una multitud de sombras danzantes sobre los
muros de la caverna.
Empezó a correr más despacio al sentir una punzada de dolor en el costado.
Respiró varias veces profundamente para aliviarlo, y luego se obligó a correr de
nuevo, consciente de que cada segundo contaba si quería llegar donde estaba Chester
a tiempo de salvarlo. Dejando atrás una caverna tras otra, los campos de Boletus
dieron paso a negros lechos de líquenes, y se sintió mejor cuando vio la primera
farola y el borroso contorno de un edificio en la distancia. Se iba acercando.
Repentinamente, se encontró ante un enorme arco de piedra excavado en la roca.
Cruzándolo, penetró en el corazón del Barrio.
Enseguida las viviendas abarrotaron ambos lados del camino, y él se fue poniendo
más y más nervioso. Aunque no parecía haber nadie por allí, intentó que las botas
hicieran el menor ruido posible, y para ello caminó casi de puntillas. Le aterrorizaba
la posibilidad de que alguien saliera de repente de una de las casas y lo descubriera.
Entonces encontró lo que andaba buscando. Era el primero de los túneles laterales
de los que le había hablado Tam. Recordó las palabras de su tío: «Métete por las
callejuelas. Será más seguro».
«Izquierda, izquierda, derecha.» Mientras corría, Will repetía la secuencia que
Tam le había hecho aprender de memoria a fuerza de repetirla.
Los túneles tenían la anchura justa para que pasara un coche de caballos por ellos.
«Atraviésalos deprisa —le había dicho—. Si te encuentras con alguien, échale morro
al asunto y haz como si tuvieras todo el derecho del mundo a estar allí.»
Pero no había ni rastro de nadie mientras Will corría con todas sus fuerzas, con la
mochila rebotando en la espalda con cada zancada. Cuando salió a la caverna
principal, estaba sudando y le faltaba la respiración. Reconoció el contorno
achaparrado de la comisaría entre dos edificios más altos que la flanqueaban, y se
paró para recuperarse un poco.
—La primera parte ya está hecha —musitó. El plan le había parecido muy fácil
cuando se lo había explicado Tam, pero en aquel momento se preguntaba si no
habría cometido un espantoso error. «No tienes tiempo de pensar —le había dicho
224