Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
mejilla la caricia de sus bigotes, tan delicados como pestañas. Agitó los hombros
frenéticamente y dio un salto. Aterrizó en los gemelos de Will y luego escapó en la
dirección opuesta.
—¡Qué asco...! —murmuró, intentando recobrar el ánimo antes de seguir.
Continuó a gatas durante varias horas, y las manos empezaron a dolerle a causa
de las piedras cortantes del suelo. Después, para su alivio, el pasadizo se hizo más
alto y pudo ponerse casi de pie. A partir de ese momento avanzó a tal velocidad que
se entusiasmó y le entraron unas irreprimibles ganas de cantar mientras doblaba las
curvas del pasadizo. Pero lo pensó mejor al comprender que seguramente los
centinelas de la Puerta de la Calavera no estarían muy lejos de él en aquel momento
y tal vez pudieran oírle. Llegó por fin al final del pasadizo, que estaba tapado por
varias capas de arpillera tiesa, que se camuflaba con la piedra. Descorrió las distintas
capas y se quedó sin aliento al ver que el túnel terminaba justo debajo del techo de
una caverna, a unos treinta metros en vertical del camino que pasaba por debajo. Se
alegró de haber llegado tan lejos, pasada la Puerta de la Calavera, pero tuvo la
certeza de que algo no estaba bien. Se encontraba a tal altura de vértigo que dio por
hecho que se había equivocado de lugar. Después recordó las palabras de Tam: «Te
parecerá imposible, pero tómatelo con calma. Cal lo consiguió conmigo cuando era
mucho más pequeño, así que tú también podrás».
Se asomó para estudiar la serie de salientes y entrantes que tenía el muro de roca
por debajo de él. Después salió con prudencia por la boca del pasadizo y comenzó el
descenso, comprobando una y otra vez cada punto de apoyo tanto para los pies
como para las manos antes de hacer el siguiente movimiento.
Llevaba recorridos no más de seis metros cuando oyó un ruido que venía de abajo.
Era un gruñido de desolación. Se quedó quieto y escuchó con el corazón palpitante.
Volvió a oírlo. Tenía un pie puesto en un pequeño saliente, y el otro oscilando en el
aire, mientras agarraba con las manos un afloramiento mineral que tenía a la altura
del pecho. Volvió lentamente la cabeza y miró hacia abajo por encima del hombro.
Balanceando un farol en la mano, un hombre caminaba hacia la Puerta de la Calavera
con dos escuálidas vacas que avanzaban un par de pasos por delante de él. Les iba
gritando cosas mientras las conducía, ignorante de que Will pendía a unos metros
por encima de él. El muchacho estaba completamente expuesto, pero no podía hacer
nada para remediarlo. Se mantuvo inmóvil, rezando para que al hombre no le diera
por pararse y mirar hacia arriba. Entonces sucedió justo lo que Will temía: el hombre
se detuvo de repente.
—¡Oh, no, todo está perdido!
Desde donde estaba colgado, Will podía distinguir perfectamente la calva blanca y
brillante del hombre mientras se sacaba algo que llevaba en una zamarra que le
colgaba del hombro. Era una pipa de arcilla con la caña muy larga. La llenó con el
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