Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
Se encontraba ya en el camino que llevaba a la Puerta de la Calavera. Tam le había
dicho que tenía que mantenerse muy atento, porque los styx cambiaban de centinela
al azar, y no había manera de saber si estaba a punto de aparecer uno por la esquina.
Dejando el camino, Will trepó por una verja y atravesó corriendo el patio que
había delante del edificio, que era una granja destartalada. Oyó algo que le pareció el
gruñido de un cerdo procedente de alguno de los edificios colindantes, y en otra
parte vio que tenían pollos encerrados. Estaban flacos y mal alimentados, pero tenían
las plumas muy blancas. Entró en el edificio de las tejas y vio las viejas vigas de
madera calzadas en el muro, tal como lo había descrito Tam. Tuvo que agacharse
para pasar por debajo de ellas, y entonces algo se acercó a él.
-¿Qué...?
Era Tam, que se llevaba el dedo a los labios para exigirle silencio. Will apenas
pudo dominar su sorpresa. Le dirigió una mirada inquisitiva, pero el rostro del
hombre permaneció serio, severo.
Apenas había espacio para los dos bajo las vigas, y Tam tuvo que agacharse y
adoptar una posición incómoda para descorrer una gran losa del muro. A
continuación, se inclinó hacia Will.
—Buena suerte —le susurró al oído, y lo empujó para ayudarlo a entrar en la
irregular abertura. Después volvió a colocar en su sitio la losa, que se desplazó con
un chirrido, y Will se quedó de nuevo solo.
En la oscuridad absoluta, buscó a tientas la esfera de luz que había metido en el
bolsillo y a la que había atado una cuerda gruesa. Se la pasó por el cuello para tener
las manos libres. Al principio se desplazó por el pasadizo con comodidad, pero
después, tras recorrer nueve o diez metros, tuvo que proseguir agachado. El techo
era tan bajo que terminó yendo a gatas. El pasadizo dobló hacia arriba. Al avanzar
con dificultad por la irregular superficie, la mochila se le enganchaba en el techo.
Notó que algo se movía delante de él, y se quedó paralizado. Con temor, levantó
la esfera de luz para ver de qué se trataba. Contuvo la respiración al advertir que
algo blanco avanzaba por el pasadizo y después se paraba de golpe delante de él, a
no más de dos metros de distancia: era una rata ciega del tamaño de un gato bien
alimentado, con la piel blanca y unos bigotes que oscilaban como alas de mariposa.
Se levantó sobre las patas traseras, moviendo el hocico y mostrando sus incisivos
grandes y brillantes. No mostraba el menor signo de temor ante él.
Will encontró en el suelo del túnel una piedra y se la tiró con toda su fuerza. Falló
el tiro, y la piedra pegó en la pared, al lado del animal, que ni se inmutó. Will se
enfureció tanto de pensar que una simple rata le estaba haciendo perder el tiempo,
que embistió contra el animal con un gruñido. Con un sencillo salto dado sin
esfuerzo alguno, la rata se lanzó sobre él y se le posó en el hombro, y durante una
fracción de segundo ninguno de los dos, ni él ni la rata, se movió. Will notó en la
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