Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
que tengamos que pagar. Con mi ayuda o sin ella, tú habrías intentado lo que fuera
por salvar a Chester y por buscar a tu padre.
Will asintió con la cabeza. Los ojos se le llenaron de lágrimas.
—¡Eso me parecía! —bramó Tam—. Como tu madre... como Sarah, ¡un Macaulay
de arriba abajo! —Lo agarró firmemente por los hombros—. Mi cabeza sabe que te
tienes que ir, pero el corazón me dice otra cosa. —Le dio un apretón y lanzó un
suspiro—. La pena es que... aquí abajo podíamos haber pasado buenos ratos los tres.
Muy buenos ratos...
Will, Cal y Tam se quedaron hablando hasta altas horas de la noche y, cuando Will
por fin se fue a la cama, apenas pegó ojo.
Por la mañana temprano, antes de que la casa empezara a rebullir, preparó la
mochila y metió en la caña de una de sus botas el mapa de tela que le había dado el
tío Tam. Comprobó que había metido en los bolsillos las piedras nodulares y la esfera
de luz, y entonces se acercó a Cal y lo zarandeó para despertarlo.
—Me voy —le dijo en voz baja mientras su hermano abría los ojos. Cal se
incorporó en la cama, rascándose la cabeza—. Gracias por todo —susurró Will—, y
despídeme de la abuela, ¿vale?
—Claro —contestó su hermano, apenado—. ¿Sabes que daría lo que fuera por ir
contigo?
—Lo sé, lo sé... pero ya has oído al tío Tam: tengo más posibilidades si voy solo.
Además, tu familia está aquí —dijo finalmente, y se volvió hacia la puerta.
Bajó la escalera de puntillas. Estaba entusiasmado por volver a ponerse en marcha,
pero aquella emoción estaba empañada por una inesperada punzada de tristeza que
provocaba la partida. Por supuesto, podía optar por quedarse en aquel mundo al que
realmente pertenecía en vez de salir al encuentro de no sé sabía qué, poniéndolo todo
en peligro. ¡Hubiera sido tan fácil volver a la cama! Al llegar al recibidor, pudo oír la
respiración del dormido Bartleby. Era un sonido reconfortante, un sonido hogareño.
Si se iba, no volvería a oírlo nunca. Se detuvo ante la puerta de la calle, dudando.
¡No! ¿Cómo iba a vivir en paz si dejaba a Chester a merced de los styx? Prefería
morir intentando liberarlo. Respiró hondo y, volviendo el rostro para contemplar la
casa en calma, descorrió el recio pasador de la puerta. La abrió, cruzó el umbral y la
cerró suavemente tras él. Ya estaba en la calle. Sabía que tenía que recorrer una
considerable distancia, así que anduvo deprisa, con la mochila a la espalda, que subía
y bajaba rítmicamente.
Le llevó algo menos de cuarenta minutos llegar hasta el edificio que le había
descrito Tam y que se hallaba al borde mismo de la caverna. No había posibilidad de
confusión porque, a diferencia de la mayoría de las casas de la Colonia, el tejado era
de teja, no de piedra.
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