Tuneles Roderick Gordon 1 Túneles | Seite 220

Roderick Gordon - Brian Williams Túneles agotamiento? ¿Sintiendo los peores mordiscos en la piel mientras las hormigas empiezan a alimentarse? No le desearía tal cosa ni a mi peor... —No terminó la frase. Los dos muchachos tragaron saliva con esfuerzo, pero luego Tam volvió a alegrar su expresión. —Es suficiente —comentó—. Todavía tienes esa luz, ¿verdad? Aún horrorizado por lo que acababa de oír, Will lo miró sin comprender. Pero se recobró y asintió con la cabeza. —Bien —dijo Tam sacando un fardito de tela de un bolsillo de su sobretodo y poniéndolo en la mesa delante de Will—. Creo que esto podría venirte bien. El chico tocó el fardito con precaución. —Venga, échale un vistazo. Desató las puntas. Dentro había cuatro piedras de color negro y marrón del tamaño de canicas. —¡Piedras nodulares! —exclamó Cal. —Sí. Son más raras que botas de babosas —dijo Tam sonriendo—. Se las describe en libros antiguos, pero nadie ha visto ninguna salvo mis amigos y yo. Estas las encontró Imago. —¿Para qué sirven? —preguntó Will mirando las extrañas piedras. —Aquí abajo no es probable que puedas vencer a un colono en una lucha cuerpo a cuerpo, y todavía menos a un styx. Las únicas armas que tienes son la luz y la huida —explicó Tam—. Si te ves en un aprieto, sólo tienes que partir una de estas piedras. Tírala contra algo duro y cierra los ojos. Se producirá el resplandor más intenso que te puedas imaginar. Espero que todavía sirvan —dijo, tomando una en la mano, y después miró a Will—. ¿Crees que serás capaz? El asintió con la cabeza. —Bien —dijo el hombretón. —Gracias, tío Tam. No puedo decirte cuánto... —titubeó Will. —Ni falta que hace, sobrino. Tam le alborotó el pelo con la mano, bajó la vista hacia la mesa y se quedó en silencio durante un rato, algo que resultaba totalmente inesperado, porque el silencio y el tío Tam no se llevaban nada bien. Will no había visto nunca así a aquel hombretón simpático y sociable. Sólo se le ocurrió la posibilidad de que estuviera disgustado e intentara disimularlo. Pero cuando Tam levantó la cabeza, la amplia sonrisa seguía allí y su voz retumbaba como siempre: —Lo veía venir... Tenía que ocurrir tarde o temprano. Los Macaulay somos leales y luchamos por la gente a la que queremos y en la que creemos, no importa el precio 220