Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
—Profesor Burrows, usted acaba de ser nombrado decano de Estudios
Subterráneos. Pero ahora quisiera preguntarle qué significa para usted el Premio
Nobel.
Caminando ya más rápido alrededor del círculo, e imprimiendo a su andar una
graciosa elasticidad, la voz retomó su tono normal mientras desplazaba la esfera de
luz al otro lado de la cara. Adoptó maneras de cierta sorpresa con fingida vacilación:
—Eh... yo...yo... debo decir... que es realmente un grandísimo honor y, al principio,
pensé que no era merecedor de seguir los pasos de los grandes hombres y mujeres...
—En ese instante el pulgar de su pie tropezó contra una piedra y el doctor Burrows
lanzó maldiciones mientras se tambaleaba. Pero, recuperando su aplomo,
reemprendió su paseo, continuando al mismo tiempo con la respuesta—: Los pasos
de aquellos grandes hombres y mujeres que ennoblecen la lista de los que lo
recibieron antes que yo...
Cambió de lado la esfera:
—Pero, profesor, el valor de su contribución en tantos campos del saber: medicina,
física, química, biología, geología y, por encima de todo, arqueología, es incalculable.
Usted está considerado uno de los mayores estudiosos vivos de todo el planeta. ¿Se
imaginaba algo así el día que empezó a excavar el túnel en el sótano de su casa?
El doctor Burrows emitió un teatral «ejem» mientras volvía a cambiar de lado la
esfera.
—Bueno, sabía que yo estaba destinado a algo más... a mucho más que mi trabajo
en el museo... —La voz del doctor Burrows se apagó de pronto. Su rostro perdió toda
expresividad. Guardó la esfera, sumergiéndose en las sombras proyectadas por las
piedras al pensar en su familia y preguntarse cómo se las apañarían sin él. Agitando
la despeinada cabeza, penetró en el círculo de piedras, arrastrando lentamente los
pies, y se abalanzó sobre el diario, con su rostro inexpresivo vuelto hacia las titilantes
llamas, que se emborronaron mientras las miraba. Al final, se quitó las gafas y se secó
la humedad de los ojos con el pulpejo de ambas manos.
«Tengo que hacerlo —pensó volviendo a colocarse las gafas y a coger el lápiz—.
Tengo que hacerlo.» Por entre las piedras, las llamas de la hoguera proyectaban
temblorosos rayos de suave luz en el suelo y paredes de la caverna. En el centro de
aquella rueda, con las piernas cruzadas, totalmente absorto, rezongaba en voz baja,
tachando en el diario una notación errónea.
En su cabeza, no había sitio para nadie más en el mundo. Estaba tan obsesionado
que nada más le importaba, nada en absoluto.
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