Roderick Gordon- Brian Williams
Túneles
Tras volver a reunir todo lo necesario para encender una hoguera, empezó a golpear dos trozos de pedernal hasta que saltó una chispa y de ella nació una diminuta llama. Con la cabeza en el polvoriento suelo, sopló suavemente y abanicó con la mano, mimándola hasta que prendió el fuego, que lo iluminó con su luz. Después se agachó junto a su diario abierto, pasó la mano para quitar la capa de polvo de sus páginas, y retomó el dibujo que estaba haciendo antes.
¡ Vaya descubrimiento! Un círculo de piedras regulares, cada una del tamaño de una puerta, con extraños símbolos grabados en la superficie. Letras talladas se mezclaban con formas abstractas. Todos sus años de estudio no le valieron para reconocer aquellos caracteres. Había jeroglíficos diferentes a cualesquiera que hubiera visto hasta aquel día. Estuvo pensando, tratando de imaginar qué tipo de gente podía haberlos hecho, gente que vivía en las entrañas del planeta, tal vez desde hacía miles de años, pero que aun así tenían el refinamiento suficiente para construir aquel monumento subterráneo.
Creyendo haber oído un ruido, de repente dejó de dibujar y se sentó bien erguido. Controlando la respiración, se quedó completamente quieto, con el corazón palpitando, intentando penetrar con la mirada en la oscuridad que había más allá de la hoguera. Pero no había nada: sólo el silencio que todo lo dominaba y que había sido su compañero desde el inicio del viaje.
— Viejo, no te pongas nervioso— se dijo, tranquilizándose. El sonido de su propia voz le hizo sentirse más seguro en los confines de la caverna—. No ha sido más que el estómago, que vuelve a quejarse. Ése es un equipaje que me gustaría haberme dejado en casa— prosiguió, y se rió de buena gana.
Se quitó la camisa con la que se había recubierto la cabeza para protegerse la boca y la nariz. Tenía la cara magullada y resquebrajada debido a que su piel estaba muy seca, y el cabello enmarañado, y los pelos de la barba desordenados. La ropa estaba sucia y rasgada por varios sitios. Parecía un ermitaño loco. Mientras el fuego crepitaba, tomó el diario y volvió a concentrarse en el círculo de piedras.
— Esto es realmente excepcional: un Stonehenge en miniatura. ¡ Qué hallazgo!— exclamó olvidándose por completo del hambre y la sed que tenía. Con la cara animada y feliz, prosiguió su dibujo.
Luego depositó en el suelo el diario y el lápiz, y se sentó inmóvil durante unos segundos mientras su rostro adquiría una expresión de ensoñación. Se puso en pie y, cogiendo en la mano la esfera de luz, se alejó del fuego hasta salir del círculo de piedras. Empezó a merodear lentamente a su alrededor. Mientras lo hacía, se colocó la esfera a un lado de la cara, como si fuera un micrófono. Frunció los labios y habló en un tono más bajo que el suyo, intentando imitar la voz de un entrevistador de televisión.
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