Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
28
Muy por debajo de las calles y casas de la Colonia alguien se movía.
Al principio el viento había sido sólo una suave brisa, pero había aumentado
rápidamente hasta convertirse en un espantoso vendaval que le llenaba la cara de
polvo, con la fuerza de una tormenta de arena del desierto. Se había cubierto la cara y
la boca con la camisa de repuesto mientras el vendaval cobraba fuerza, amenazando
con tirarlo al suelo. Y el polvo era tan denso e impenetrable que no se veía ni sus
propias manos.
No se podía hacer otra cosa que esperar a que pasara. Se dejó caer en el suelo y se
hizo una bola, con los ojos llenos de un fino polvo negro que le escocía. Así se quedó,
sin poder pensar a causa del lastimero aullido del viento hasta que, debilitado por el
hambre, se sumió en un letárgico duermevela.
En un momento dado se despertó con un estremecimiento y, sin saber cuánto
tiempo había permanecido hecho un ovillo en el suelo del túnel, levantó la cabeza
para mirar a su alrededor, vacilante. La extraña oscuridad del viento había
desaparecido, salvo por unas pocas nubes rezagadas. Tosiendo y escupiendo, se
sentó y se sacudió el polvo de la ropa. Con un pañuelo sucio, se secó los ojos y limpió
las gafas.
Después, a cuatro patas, el doctor Burrows avanzó lentamente, escarbando en la
seca arenilla y utilizando la luz de una esfera para encontrar el montoncito de
materia orgánica que había reunido para prender un fuego justo antes de que llegara
el viento. Cuando por fin lo localizó, sacó algo que parecía una hoja de helecho
encrespada. Lo miró afinando la vista, con curiosidad... No tenía ni idea de lo que
era. Como todo lo que había visto en los últimos ocho kilómetros del túnel, estaba
reseco y quebradizo como pergamino viejo.
Cada vez estaba más preocupado por el agua que le quedaba. A bordo del Tren de
los Mineros, los considerados colonos le habían provisto de una cantimplora llena,
una bolsa de verduras secas de no se sabía qué clase, unas cintas de carne y un
paquete de sal. La comida podía racionarla, pero el problema era sin duda el agua.
Llevaba dos días sin encontrar ninguna fuente en la que rellenar la cantimplora, y el
líquido elemento se estaba agotando.
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