Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
Petrificado, Will miraba fijamente. Conforme la calle era engullida, la ventana se
ennegrecía y él sentía una incómoda presión en los oídos. La carne le vibraba y los
pelos se le ponían de punta. Durante varios minutos la nube siguió inflándose y
llenando el dormitorio del olor del ozono quemado y de un silencio aterrador. Al
final empezó a aligerarse, y se volvieron a ver las luces de las farolas por entre el
agitado polvo como cuando el sol se abre paso a través de las nubes. Y después se
fue, dejando sólo unas manchas de un gris difuminado que flotaban en el aire, como
si el paisaje se debiera al pincel de un acuarelista.
—¡Ahora mira esto!
—¿Centellas? —preguntó Will, sin poder creer lo que veía.
—Es una tormenta electroestática. Siempre sigue al Levante —explicó Cal,
temblando de emoción—. Si te pilla una de ésas, te llevas una buena sacudida.
Will se quedó mirando como bobo mientras un batallón de bolas de fuego salía
dando vueltas de las nubes que se dispersaban en la calle. Algunas eran del tamaño
de pelotas de tenis, y otras tan grandes como balones de playa, pero todas silbaban
con fuerza mientras su superficie desprendía chispas. Eran como girándulas de
fuegos artificiales que se hubieran escapado para arrasar la ciudad.
Los dos chavales se quedaron hipnotizados mientras justo delante de ellos, una
bola de fuego tan grande como un melón redondo, cuya vibrante luz les iluminaba la
cara y se reflejaba en sus pupilas, iniciaba de repente una espiral descendente, dando
vueltas y más vueltas y arrojando chispas al caer al suelo, haciéndose tan pequeña
por el camino que al final no era mayor que un huevo de gallina.
La mortecina bola de fuego se mantuvo en el aire justo por encima de los
adoquines, y brilló con más intensidad antes de estallar.
Will y Cal no podían apartar la vista del lugar en el que había estado la bola, y el
recorrido de sus últimas vueltas siguió impreso en sus retinas con brillos eufóricos,
como hormigueos de luz.
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