Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
su cuerpo sin vida atravesado y roto mientras la sangre brotaba de él y se perdía en
la oscuridad.
Pero se sentía valiente. Apretó la hoja contra la cuerda y cortó las primeras fibras.
«¡Una fuga milagrosa!», fue la idea que le pasó por la mente, más potente aún que
antes, como el lema de una película de aventuras hollywoodiense. Las palabras eran
orgullosas y valientes, pero entonces apareció la imagen de la cara de Chester,
risueño y feliz, haciéndolas añicos. Con el cuerpo empapado y cubierto de barro, Will
tembló de frío.
Volvió a bajar de lo alto el grito sordo del hombre de la cicatriz, tan vago y
confuso como un do de pecho emitido a través de una tubería, y arrancó a Will de
sus pensamientos. Supo que debía empezar a trepar por la cuerda, pero no logró
hacerlo. Entonces lanzó un suspiro, y toda su valentía lo abandonó. En su lugar
quedaba la fría certeza de que si no lo hacía en aquella ocasión, encontraría nuevas
oportunidades de escapar, y la próxima la aprovecharía.
Volvió a guardarse la navaja, se colocó en posición vertical, y comenzó el laborioso
trabajo de trepar por la cuerda al encuentro de los demás.
Siete horas después, había perdido la cuenta de los colectores que habían
desatascado mientras avanzaban en el túnel. Finalmente, mirando el reloj de bolsillo
a la luz de su farol, el hombre de la cicatriz anunció que habían terminado la jornada.
Regresaron a la escalera caminando con dificultad, y Will emprendió en solitario la
vuelta a casa, con las manos y la espalda muy doloridas.
Después de subir por la zanja, desandando lentamente el camino, vio un grupo de
colonos a las puertas de un edificio que tenía un par de puertas grandes, como de
garaje. Estaban rodeados por montones de cajas apiladas.
En el momento en el que alguien de la concurrencia dio un paso atrás, Will oyó
una risa aguda y vio algo que le hizo parpadear y frotarse los ojos: un hombre que
llevaba canotier de paja y chaqueta deportiva de colores rosa y morado hacía
cabriolas en el medio del grupo.
—¡No, no puede ser! ¡Pero es él! ¡Es el señor Clarke Júnior! —exclamó en voz alta
sin querer.
—¿Qué? —dijo una voz desde atrás. Era uno de los chicos que habían trabajado
con Will en el túnel—. ¿Lo conoces?
—¡Sí! Pero... pero... ¿qué demonios pinta aquí? —Will estaba anonadado, mientras
pensaba en la tienda de los Clarke, en High Street, y trataba de comprender la
aparición en un lugar tan inopinado de Clarke Júnior, que seguía haciendo piruetas
ante su audiencia de bajos y fornidos colonos.
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