Roderick Gordon- Brian Williams
Túneles
esponjoso, tal vez madera completamente empapada en agua. Al apretar con el pie en un intento de desprenderlo, se oyó un repentino rugido, mientras el objeto se separaba y cedía toda la superficie que tenía bajo los pies. No podía hacer nada, había perdido el contacto con el suelo firme e iniciado un descenso en caída libre. El agua caía a raudales a su alrededor llevándose consigo el barro y la grava. El cuerpo de Will golpeó contra las paredes del colector. El pelo y la cara se le empaparon y cubrieron de barro.
Se movió como una marioneta mientras la cuerda corría. En menos de un segundo, controlaba la situación. Comprendió que había caído al menos seis metros, pero no tenía ni idea de qué era lo que tenía debajo, en la oscuridad.
« Ésta es mi oportunidad », pensó de repente.
Se palpó desesperadamente bajo el traje de hule, y los bolsillos de sus pantalones, tocando con la mano la navaja.
«... de escapar...»
Observó a sus pies la absoluta oscuridad en que se hallaba inmerso lo desconocido, calculando las probabilidades de que todo saliera, bien al caer mientras la cuerda se tensaba porque los otros empezaban a tirar.
«... y papá está ahí abajo, en algún lugar...» La idea le cegó la mente con la fuerza de un letrero de neón.
« Ahí abajo, ahí abajo, ahí abajo...», repitió, con la intermitencia de una descarga eléctrica.
« Agua, se oye agua...»
—¡ Trepa por la cuerda, chaval!— oyó gritar al hombre de la cicatriz desde lo alto—. ¡ Trepa por la cuerda!
La mente de Will pensó a toda velocidad mientras intentaba discernir qué era el ruido que oía debajo de él. Débiles chapoteos y el sonido del agua agitada resultaban apenas audibles debido al chirriar de la gruesa cuerda en su movimiento pendular, la cuerda que le quemaba en la cintura, la cuerda de salvación que lo llevaba de vuelta a la Colonia.
« Pero ¿ qué profundidad tendría?»
Había agua abajo, de eso estaba seguro, pero no sabía si sería suficiente para amortiguar la caída. Abrió la navaja y apretó el filo de la hoja contra la cuerda, preparado para cortarla.
«¿ Sí...?, ¿ no...?»
Si el agua no era lo bastante profunda, estaría saltando a la muerte en aquel lugar solitario y dejado de la mano de Dios. Como en el dibujo de un cómic, se imaginó un fondo lleno de rocas afiladas, mortales de necesidad. Y en la siguiente viñeta aparecía
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