Roderick Gordon- Brian Williams
Túneles
— Lo siento— se apresuró a responder Will. Entonces él y dos jóvenes más siguieron al hombre de la cicatriz hasta el edificio más cercano. El interior era húmedo y, salvo por algo de equipamiento que había en un rincón, parecía completamente vacío. Se quedaron de pie sin hacer nada, mientras el hombre de la cicatriz pataleaba el sucio suelo como si buscara algo que había perdido. Empezó a maldecir en voz baja hasta que su bota por fin tropezó con algo sólido. Era una argolla de metal. La cogió con ambas manos y se oyó un fuerte chirrido mientras se alzaba una plancha de acero que dejó al descubierto una abertura de un metro cuadrado.
—¡ Abajo todos!
Bajaron uno a uno por una escalera húmeda y oxidada, y en cuanto llegaron al fondo, el hombre de la cicatriz cogió el farol que llevaba colgando del cinto e iluminó con él el túnel forrado de ladrillo. El túnel no era lo bastante alto para poder ponerse de pie, y a juzgar por el claro deterioro había que reparar urgentemente las zonas en las que se había caído la argamasa. Will pensó que debía llevar décadas usándose, si no siglos.
Unos diez centímetros de agua salobre anegaban el túnel, y no pasó mucho tiempo hasta que a Will, que iba detrás de los otros dos, el agua le cubrió por encima de las botas. Llevaban diez minutos chapoteando, cuando el hombre de la cicatriz se detuvo y se volvió hacia ellos.
— Aquí abajo...— el tipo se dirigía con condescendencia a Will, ante la mirada de los demás. Le explicaba las cosas como si fuera un niño pequeño— hay colectores atascados. Nosotros quitamos el sedimento... los desatascamos. ¿ Entiendes?
El hombre de la cicatriz movió el farol para iluminar el suelo del túnel, que estaba lleno de barro, con pequeñas islas de piedras de caliza y pedernal que sobresalían del agua. Se desenganchó del hombro varios rollos de cuerda y Will vio cómo cada chaval, por turno, cogía un extremo y se lo ataba muy fuerte a la cintura. El hombre de la cicatriz se ataba a su propio cuerpo el otro extremo de cada una de las cuerdas, de manera que estaban unidos unos a otros como un grupo de montañeros.
—¡ Tú, Ser de la Superficie!— gruñó el hombre de la cicatriz—, nos atamos la cuerda alrededor... la atamos bien.— Will no se atrevió a preguntar por qué: simplemente cogió la cuerda y se la pasó por la cintura haciendo un lazo y anudándolo lo mejor que pudo. Mientras tiraba de ella para comprobar la resistencia, el hombre le entregó un zapapico bastante viejo.
— Ahora cavamos.
Los dos chicos empezaron a picar en el suelo del túnel, y Will comprendió que se esperaba que hiciera lo mismo. Probando la desconocida herramienta, avanzó pisando con suma cautela por el agua removida hasta que llegó a un punto en el que
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