Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
arrastrándose por estrechas grietas y arrancando negro y polvoriento carbón. Se
acongojó.
Tras unos minutos, salieron del túnel a una caverna más pequeña que la anterior.
Lo primero que notó Will fue que allí el aire era diferente. La humedad había
aumentado hasta el punto de que podía notar las gotas de agua que se condensaban
en la cara, mezclándose con el sudor. Después notó que las paredes de la caverna
estaban reforzadas con enormes losas de piedra caliza. Cal le había explicado que la
Colonia estaba formada por una serie de cavernas interconectadas, algunas formadas
por la naturaleza y otras, como aquélla, abiertas artificialmente y con muros
reforzados en su mayor parte.
—¡Dios mío, espero que mi padre haya visto esto! —exclamó Will en voz muy
baja, lamentando no poder detenerse para disfrutar del entorno, tal vez incluso para
hacer uno o dos dibujos como recuerdo del lugar. Pero tuvo que conformarse con
asimilar todo lo que pudo mientras pasaban rápidamente. Había pocos edificios en
aquella caverna, lo que le daba un aspecto casi rural, y al avanzar un poco más
llegaron a una zona de cobertizos con vigas de roble y casitas de una sola planta,
algunas independientes, pero la mayor parte excavadas en la roca. En cuanto a los
residentes de aquella caverna, vio sólo a unas pocas personas que llevaban grandes
bolsas de lona a la espalda, o bien empujaban carretillas cargadas.
El grupo siguió al señor Tonypandy al dejar la carretera para descender a una
profunda zanja cuyo fondo estaba lleno de arcilla húmeda. Resbaladiza y traidora, la
arcilla se les pegaba a las botas, dificultando el avance por la serpenteante
trayectoria. La zanja no tardó en desembocar en un cráter en la misma base del muro
de la caverna, y el grupo se detuvo junto a dos sencillos edificios de piedra con el
techo plano. Parecían saber que tenían que esperar allí, y lo hacían apoyados en las
palas y los zapapicos mientras Tonypandy emprendía una viva discusión con dos
hombres más viejos que habían salido de uno de los edificios. Los chicos del grupo
bromeaban y charlaban animadamente entre ellos, dirigiendo de vez en cuando
miradas de reojo a Will, que estaba apartado. Después el señor Tonypandy se alejó
en dirección a la carretera, y uno de los viejos le gritó a Will:
—Tú te vienes conmigo, Jerome. A las cabañas.
Tenía una cicatriz de color rojo amoratado que le cruzaba la cara en forma de luna.
Le empezaba justo encima de la boca y subía pasándole por el ojo izquierdo y la
frente, dividía en dos zonas su pelo absolutamente blanco y terminaba en algún
lugar en la parte de atrás de la cabeza. Pero para Will lo peor de su aspecto era el ojo,
que derramaba continuas lágrimas y miraba como a través de una telaraña de
manchas. Sobre el ojo, el párpado estaba tan rasgado y deshecho que, cada vez que
parpadeaba, era como un limpiaparabrisas roto que no consiguiera cumplir bien su
función.
—¡Allí dentro, allí dentro! —bramó al ver que Will tardaba en entender.
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