Tuneles Roderick Gordon 1 Túneles | Page 204

Roderick Gordon- Brian Williams
Túneles
Will se presentó al señor Tonypandy, que no pronunció palabra, y se limitó a dirigirle a Will una mirada inexpresiva. Después hizo un gesto con la cabeza para indicarle que debía seguirle.
En la calle, Cal tomó una dirección diferente. Aunque también iba a trabajar, lo hacía en otro cuadrante de la Caverna Meridional, y Will se puso nervioso al pensar que su hermano no iba a acompañarlo. Con todo lo cargante que podía resultarle a veces, Cal era su referencia, su guardián en aquel lugar incomprensible lleno de prácticas primitivas. Se sentía muy vulnerable sin tenerlo a su lado.
Siguiéndolo sin ningún entusiasmo, Will arrojaba ocasionales miradas al señor Tonypandy, que avanzaba despacio con una cojera pronunciada, pues su pierna derecha se movía según su propio capricho, y el pie golpeaba a cada paso en los adoquines. Casi tan ancho como alto, Tonypandy llevaba un peculiar sombrero negro y elástico calado casi hasta las cejas. Parecía de lana, pero al verlo más de cerca se notaba que estaba tejido con un material fibroso parecido a la pelusa del coco. Su breve cuello era tan ancho como la cabeza, y a Will se le ocurrió que, por detrás, recordaba un enorme pulgar que saliera de un abrigo.
Conforme avanzaban por la calle, otros colonos se fueron añadiendo a ellos hasta formar un grupo de una docena aproximada de chicos. La mayoría eran muy jóvenes, de entre diez y quince años, según calculaba Will. Vio que muchos llevaban palas mientras que unos pocos portaban unas extrañas herramientas de mango largo vagamente parecidas a picos, con punta a un lado, pero una especie de larga y curvada hoja de azada al otro. Por el desgaste de los mangos forrados de cuero y el estado del hierro, se veía que las herramientas habían sido muy utilizadas. La curiosidad lo invadía, y acercándose a uno de los chicos que caminaban a su lado, le preguntó en voz baja:
— Perdóname, ¿ qué es esa cosa que llevas ahí? El chaval lo miró y pareció reacio a contestar, pero al final murmuró:— Es un zapapico, por supuesto.
— Un zapapico— repitió Will—. Eh... gracias— dijo mientras el chico aminoraba deliberadamente el paso para separarse de él. En aquel preciso instante, Will se sintió más solo de lo que recordaba haberse sentido en toda su vida, y le acometió un deseo fortísimo de darse la vuelta y regresar a casa Jerome. Pero sabía que no tenía alternativa, que en aquel lugar tenía que hacer lo que le mandaban: que tenía que obedecer.
Por fin, entraron en un túnel, y los pasos de las botas empezaron a retumbar entre las paredes, que tenían vetas, con recorridos diagonales, de una roca negra brillante que las atravesaba. Podían ser estratos de obsidiana o incluso, pensó al ver las vetas más de cerca, carbón pulido. ¿ Sería eso lo que iban a hacer? A la mente de Will acudieron de pronto imágenes de mineros desnudos de cintura para arriba,
204