Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
Aparte de esto, el tiempo avanzaba cansinamente. Chester había perdido la cuenta
de cuántos días llevaba solo en el calabozo. Tal vez fuera un mes, pero no estaba
seguro.
Un día, se emocionó al descubrir que palpando suavemente con las yemas de los
dedos, podía leer letras grabadas en la piedra de uno de los muros de la celda. Eran
nombres e iniciales, algunos acompañados de cifras que podían ser fechas. Y abajo
del todo, en ese muro, alguien había grabado en grandes letras mayúsculas: «YO
MORÍ AQUÍ, MUY DESPACIO». Tras encontrar aquella inscripción, Chester no tuvo
ganas de leer más.
También había descubierto que, poniéndose de puntillas sobre el poyo forrado de
plomo, podía llegar justo a las barras de un tragaluz estrecho como una rendija que
había en lo alto del muro. Agarrado a aquellas barras, podía levantarse hasta
conseguir ver el descuidado huerto de la cocina de la prisión. Tras él, había un tramo
de carretera que terminaba penetrando en un túnel, iluminado por algunas farolas
con esferas permanentemente luminosas.
Chester contemplaba sin descanso aquella carretera que se adentraba en el túnel,
con la levísima esperanza de que tal vez, sólo tal vez, pudiera un día llegar a ver a su
amigo, a Will, que volvía para sacarlo de allí, como un caballero errante que se
acercara en su caballo para luchar con el dragón. Pero Will no llegaba nunca y
Chester se quedaba allí colgado, esperando y rezando con fervor mientras los
nudillos se le ponían blancos a causa del esfuerzo, hasta que los brazos dejaban de
sostenerlo y él volvía a caer en la oscuridad y la desesperanza del calabozo.
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