Tuneles Roderick Gordon 1 Túneles | Página 201

Roderick Gordon- Brian Williams
Túneles
El chico recordó en aquellos momentos al hombrecillo, con su boletín de las carreras de caballos y el áspero comentario de « Yo no como esa porquería extranjera » con el que había recibido un delicioso plato de espagueti a la boloñesa. Recordó la tos bronca con que acompañaba los numerosos cigarrillos que se empeñaba en seguir liando y fumando, para desesperación de su madre.
En la segunda semana de idas y venidas al hospital, el hombrecito se había debilitado y se había vuelto más retraído, como una hoja que se marchita en el árbol, hasta que dejó de hablar de la vida en el norte y ni siquiera le apetecía tomar el té. En los días previos a su muerte, aunque no había llegado a comprender el motivo, Chester había oído al hombrecito clamando a Dios en su cuarto, con espantosos sonidos sibilantes. Lo comprendía en aquellos momentos.
—... ayúdame. Te lo imploro... Te lo imploro...
Chester se sentía solo y abandonado y... ¿ Por qué, ¡ ah!, por qué había acompañado a Will en aquella absurda excursión? ¿ Por qué no se había quedado en casa? Podía encontrarse en ella en aquel momento, arropado, seguro... Y sin embargo estaba en un calabozo porque se le había ocurrido acompañar a Will... y ya no podía hacer otra cosa que señalar el paso de los días basándose en los dos cuencos tristemente idénticos de papilla que llegaban a intervalos regulares, y los intermitentes periodos de sueño que no acababan de resultar reparadores.
Ya se había acostumbrado al continuo zumbido que invadía el calabozo: el segundo agente le había dicho que lo producían las máquinas de las estaciones de ventilación. Había empezado a encontrarlo incluso reconfortante.
Los últimos días, el segundo agente había suavizado ligeramente su trato, y de vez en cuando se dignaba responderle alguna pregunta. Era como si ya no tuviera importancia que mantuviera o no sus modales de policía, lo cual le producía a Chester la espantosa impresión de que tal vez estuviera destinado a quedarse allí para siempre o que quizá se avecinaba un acontecimiento importante. Y eso, según sospechaba, no debía ser nada bueno.
La sospecha se había hecho más fuerte cuando el segundo agente había abierto la puerta para ordenarle que se lavara, entregándole una esponja y un caldero con agua turbia. Pese a sus recelos, Chester agradeció la ocasión de lavarse, aunque al hacerlo sintió dolores infernales, porque los eccemas se habían extendido más que nunca.
En el pasado había tenido el eccema en los brazos, y sólo ocasionalmente se le había extendido a la cara; pero ahora lo tenía por todas partes, de forma que cada centímetro de su cuerpo parecía hallarse en carne viva. El segundo agente le había arrojado además algo de ropa para que se cambiara, ropa que incluía unos enormes pantalones que parecían de arpillera y que aumentaban más el escozor, si tal cosa era posible.
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