Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
fregadero se encontraba el «alijo de tabaco» de la tía Jean, unos diez paquetes de
cigarrillos. Rebecca los abrió y tiró el contenido al fregadero. Luego la emprendió con
las botellas de vodka barato: desenroscó los tapones y vació el contenido de las cinco
botellas en el fregadero, empapando los cigarrillos.
Finalmente cogió la caja de cerillas de cocina que había junto a los quemadores de
la cocina de gas, la abrió, sacó de ella una cerilla, la encendió y prendió con ella una
hoja arrugada de papel de cocina.
Manteniéndose a distancia, tiró al fregadero la bola de papel. Los cigarrillos y el
alcohol levantaron una llamarada que sonó como un rugido, y las llamas acariciaron
los grifos de plástico que imitaban acero cromado y los azulejos desportillados con
motivos florales que había detrás. Rebecca no se quedó allí para disfrutarlo: cerró con
un portazo la puerta de la casa al salir con sus maletas. Mientras empezaba a sonar la
sirena de la alarma antiincendios, cruzó el rellano y empezó a bajar por la escalera.
Desde que su amigo había desaparecido como por arte de magia, Chester, inmerso
en la noche permanente del calabozo, había sobrepasado la frontera de la
desesperación.
—Uno, dos, tres... —Intentaba enderezar los brazos para completar la flexión, que
era parte de la rutina diaria que se había impuesto.
—Tres... —Respiró hondo y tensó los brazos sin mucho entusiasmo.
—Tres... —Echó todo el aire y se dejó caer derrotado. Su rostro entró en contacto
con la suciedad del pavimento de piedra que la oscuridad ocultaba. Se dio la vuelta
en el suelo y se sentó, mirando la ventanilla de observación que había en la puerta
para asegurarse de que no lo veían mientras juntaba las manos.
—Señor...
Para Chester, rezar era algo que hacía en el colegio, con la sensación de que todo el
mundo lo miraba en el silencio puntuado por toses... Algo que iba a continuación del
mal cantado himno que, para regocijo de sus compañeros, algunos chicos sazonaban
cambiando la letra por otra más picante. Sólo los muy idiotas rezaban en serio.
—... te lo ruego, envía a alguien...
Apretó las manos más y más fuerte sin sentir ya ninguna vergüenza. ¿Qué otra
cosa podía hacer? Se acordó de su tío abuelo, que había aparecido un día en casa y se
había quedado en el cuarto de invitados. Su madre se había llevado a Chester aparte
y le había explicado que aquel extraño hombre, pequeño y delgado como la rama de
un árbol, estaba recibiendo quimioterapia en un hospital de Londres y, aunque
Chester no lo había visto nunca hasta aquel día, ella le explicó que era de la familia, y
que eso era algo importante.
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