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Roderick Gordon- Brian Williams Túneles

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En la habitación en la que había dormido Rebecca entraba el ruido del tráfico de los lunes por la mañana. Trece pisos más abajo, en la calle, las bocinas de los coches elevaban sus impacientes sonidos. Una leve brisa alborotaba las cortinas. Arrugó la nariz al percibir el hedor viejo de los cigarrillos que la tía Jean había fumado sin cesar la noche anterior. Aunque la puerta del dormitorio estaba firmemente cerrada, el humo se abría paso para llegar hasta el último rincón del piso, como una niebla sucia e insidiosa que buscara nuevos rincones que mancillar.
Se levantó, se puso la bata e hizo la cama mientras cantaba haciendo gorgoritos los primeros dos versos de You are my sunshine. Continuando el resto de la canción con un vago « la, la », colocó con cuidado sobre el edredón un vestido negro y una blusa blanca.
Se dirigió hasta la puerta y, poniendo la mano en el picaporte, se quedó completamente quieta, como inmovilizada por una idea. Después se volvió muy despacio y desanduvo los pasos hasta la cama. Sus ojos se posaron en el par de fotografías pequeñas, enmarcadas en portarretratos de plata, que había en la mesita de noche.
Las cogió y se sentó en la cama, mirando primero una y luego otra, y así una y otra vez. En uno de los marcos había una fotografía ligeramente desenfocada en la que aparecía Will apoyado en su pala. En la otra se veía a unos juveniles doctor y señora Burrows sentados en tumbonas de rayas en una playa no identificada. En la foto, su madre contemplaba un enorme helado mientras su padre parecía que estaba tratando de matar una mosca con su mano borrosa.
Cada uno se había ido por su lado: la familia se había deshecho. ¿ De verdad creían que se iba a quedar cuidando a la tía Jean, una persona aún más perezosa y exigente que su madre?
— No— dijo Rebecca en voz alta—. Ya he tenido bastante.— Una débil sonrisa asomó un instante a su rostro. Miró las fotografías una última vez y exhaló un largo suspiro—. ¡ Hay que aprender a andar sin muletas!— dijo, y las arrojó contra el descolorido rodapié con tal fuerza que se rompieron los cristales.
En veinte minutos se vistió y se preparó para salir. Llevó sus pequeñas maletas hasta la puerta del apartamento y fue a la cocina. En un cajón que había cerca del
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