Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
—¡Tam Macaulay! —gritó el tabernero a la silenciosa multitud, que estalló en un
repentino clamor que se oyó en toda la caverna y debió de hacer vibrar las ventanas
del otro lado de los Rookeries.
Le quitaron el grillete a Tam, y sus amigos corrieron hasta él y le ayudaron a llegar
hasta el banco, donde se dejó caer, palpándose la mandíbula mientras los dos
muchachos se sentaban uno a cada lado de él.
—Ese bastardo era más rápido de lo que yo creía —dijo mirándose los nudillos
ensangrentados mientras trataba dolorosamente de flexionarlos. Alguien le dio una
palmada en la espalda y le entregó una jarra de cerveza antes de desaparecer en la
taberna.
—Qué decepción para Crawfly —dijo Jesse, mientras todos se volvían para
observar al styx al final de la calle, que les daba la espalda porque se alejaba a
grandes zancadas, golpeteándose el muslo con un par de peculiares anteojos.
—Pero ha logrado lo que quería —repuso Tam con desánimo—. Se correrá la voz
de que me he metido en otra pelea.
—No importa —dijo Jesse Shingles—. Estás justificado. Todo el mundo sabe que
Walsh te provocó.
Tam observó la lastimosa figura de Heraldo Walsh, tendido tal como había caído.
Ninguno de los suyos se había acercado a él para apartarlo de la calle.
—Una cosa está clara: cuando despierte se sentirá como la comida de un coprolita
—se mofó Imago mientras un camarero arrojaba un cubo de agua al cuerpo
inconsciente y volvía a entrar en la taberna, riéndose.
Tam asintió con la cabeza, pensativo, y bebió un gran trago de cerveza,
limpiándose después los magullados labios con el antebrazo.
—Eso si despierta —comentó en voz baja.
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