Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
gente levantaba uno, dos o tres dedos antes de poner las monedas. La atmósfera era
carnavalesca.
De repente, la multitud soltó un profundo «¡Oooh!» cuando, sin previo aviso,
Heraldo Walsh lanzó un potente gancho a la nariz de Tam. Se hizo entonces entre la
multitud un escalofriante silencio mientras veían caer a Tam sobre una rodilla, con la
cadena tensa entre los dos.
—Esto no me gusta nada —dijo Imago, con preocupación.
—¡Vamos, Tam! —gritó Cal con toda su fuerza—. ¡Macaulay, Macaulay,
Macaulay! —siguió gritando, y Will se sumó a él.
Tam se quedó de rodillas. Cal y Will vieron correr la sangre por su cara y gotear
en los adoquines del suelo. Entonces el hombre los miró y les guiñó un ojo, con
picardía.
—¡Ese es perro viejo! —exclamó Imago en voz baja —. Ahí va.
Y así fue: mientras Heraldo Walsh permanecía de pie ante él, Tam se levantó con
la gracia y velocidad de un jaguar, lanzando un terrible gancho que impactó en la
mandíbula de Walsh golpeándole los dientes de abajo contra los de arriba con un
crujido aterrador. Heraldo Walsh se tambaleó hacia atrás, y Tam se abalanzó sobre él,
golpeándole el rostro con tal rapidez y tal fuerza que no le dejaba tiempo de
reaccionar.
Algo cubierto de sangre y saliva salió disparado de la boca de Heraldo Walsh y
aterrizó en los adoquines. Con sorpresa, Will vio que era la mayor parte de un diente
roto. Se alargaron algunas manos para cogerlo. Un hombre con sombrero de fieltro
comido por la polilla fue el más rápido, se hizo con él y después desapareció en
medio de los que se lo disputaban.
—Cazadores de recuerdos —explicó Cal—. ¡Vampiros!
Will levantó la vista justo cuando Tam se cernía sobre su contrincante, al que
levantaban en aquel instante algunos de los suyos, exhausto y jadeando. Escupiendo
sangre, con el ojo izquierdo cerrado e hinchado, Heraldo Walsh fue impulsado hacia
delante justo a tiempo de ver cómo el puño de Tam le propinaba un golpe
demoledor, definitivo.
La cabeza le cayó hacia atrás mientras él lo hacía contra la multitud, que se separó
para contemplar cómo bailaba, con las piernas dobladas durante unos instantes de
agonía, una danza de borracho. Después, simplemente se cayó en el suelo doblando
las articulaciones, como una marioneta sin sujeción, y la multitud quedó en silencio.
Tam estaba inclinado hacia delante, con los nudillos en carne viva descansando de
rodillas en el suelo mientras trataba de recuperar el aliento. El tabernero se adelantó
y empujó la cabeza de Heraldo Walsh con su bota. No se movió.
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