Tuneles Roderick Gordon 1 Túneles | Página 197

Roderick Gordon - Brian Williams Túneles gente levantaba uno, dos o tres dedos antes de poner las monedas. La atmósfera era carnavalesca. De repente, la multitud soltó un profundo «¡Oooh!» cuando, sin previo aviso, Heraldo Walsh lanzó un potente gancho a la nariz de Tam. Se hizo entonces entre la multitud un escalofriante silencio mientras veían caer a Tam sobre una rodilla, con la cadena tensa entre los dos. —Esto no me gusta nada —dijo Imago, con preocupación. —¡Vamos, Tam! —gritó Cal con toda su fuerza—. ¡Macaulay, Macaulay, Macaulay! —siguió gritando, y Will se sumó a él. Tam se quedó de rodillas. Cal y Will vieron correr la sangre por su cara y gotear en los adoquines del suelo. Entonces el hombre los miró y les guiñó un ojo, con picardía. —¡Ese es perro viejo! —exclamó Imago en voz baja —. Ahí va. Y así fue: mientras Heraldo Walsh permanecía de pie ante él, Tam se levantó con la gracia y velocidad de un jaguar, lanzando un terrible gancho que impactó en la mandíbula de Walsh golpeándole los dientes de abajo contra los de arriba con un crujido aterrador. Heraldo Walsh se tambaleó hacia atrás, y Tam se abalanzó sobre él, golpeándole el rostro con tal rapidez y tal fuerza que no le dejaba tiempo de reaccionar. Algo cubierto de sangre y saliva salió disparado de la boca de Heraldo Walsh y aterrizó en los adoquines. Con sorpresa, Will vio que era la mayor parte de un diente roto. Se alargaron algunas manos para cogerlo. Un hombre con sombrero de fieltro comido por la polilla fue el más rápido, se hizo con él y después desapareció en medio de los que se lo disputaban. —Cazadores de recuerdos —explicó Cal—. ¡Vampiros! Will levantó la vista justo cuando Tam se cernía sobre su contrincante, al que levantaban en aquel instante algunos de los suyos, exhausto y jadeando. Escupiendo sangre, con el ojo izquierdo cerrado e hinchado, Heraldo Walsh fue impulsado hacia delante justo a tiempo de ver cómo el puño de Tam le propinaba un golpe demoledor, definitivo. La cabeza le cayó hacia atrás mientras él lo hacía contra la multitud, que se separó para contemplar cómo bailaba, con las piernas dobladas durante unos instantes de agonía, una danza de borracho. Después, simplemente se cayó en el suelo doblando las articulaciones, como una marioneta sin sujeción, y la multitud quedó en silencio. Tam estaba inclinado hacia delante, con los nudillos en carne viva descansando de rodillas en el suelo mientras trataba de recuperar el aliento. El tabernero se adelantó y empujó la cabeza de Heraldo Walsh con su bota. No se movió. 197