Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
Como para mostrar su conformidad con estas palabras, la asamblea levantó las
jarras y las chocó con gritos de:
—¡Al centro y adentro!
Y así siguieron, jarra tras jarra, hasta llegar a la cuarta o quinta ronda; Will perdió
la cuenta. Tam acababa de contar un chiste intrincado e incomprensible sobre un
policía con flatulencias y la hija de un malabarista ciego al que Will no encontró ni
pies ni cabeza, aunque los demás se partían de risa.
Todavía riéndose, con la cerveza en la mano, Tam miró de pronto en el interior de
la jarra y, metiendo en ella el pulgar y el índice, sacó algo sólido:
—Otra vez me ha tocado la maldita babosa —dijo mientras los demás volvían a
estallar en risas incontroladas.
—¡Si no te la comes, te casarás antes de que termine el mes! —bramó Imago.
—¡En ese caso...! —dijo Tam riéndose y, ante el asombro de Will, se colocó aquella
cosa blanda y gris en la lengua. Dentro de la boca, le dio vueltas como a un caramelo
antes de masticarla y tragársela entre los vítores de sus amigos.
En la calma que siguió, Will se sintió lo bastante envalentonado por la bebida para
hablar de lo que llevaba dentro:
—Tam... tío Tam... necesito que me ayudes.
—Lo que quieras, sobrino —dijo su tío, poniéndole la mano en el hombro—. Sólo
tienes que pedir.
Pero ¿por dónde empezaba?, ¿por dónde? Eran demasiadas las cosas que
atormentaban su mente aturdida por la cerveza: encontrar a su padre, la situación de
su hermana, y de su madre... (pero ¿cuál de las dos?) En medio de todo ello, un
pensamiento imperioso cristalizó en su mente, algo de lo que tenía que ocuparse
antes que de ninguna otra cosa:
—Tengo que liberar a Chester.
—¡Shhh! —Tam intentó callarlo y miró a su alrededor con miedo. Los demás lo
rodearon formando un corrillo hermético.
—¿Tienes idea de lo que dices? —preguntó su tío en voz bajísima.
Will lo miró perplejo, sin saber qué responder.
—¿Y dónde iríais? ¿De vuelta a Highfield? ¿Crees que te ibas a encontrar seguro
allí como antes, con los styx detrás de tus pasos? No durarías ni una semana. ¿Quién
te iba a proteger?
—Podría ir a la policía —sugirió Will—. Ellos...
—No te enteras. Tienen gente en todas partes —repitió Tam con voz enérgica.
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