Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
—«Así ayer como mañana» —entonó Joe Waites con voz nasal y cansina, imitando
a un predicador styx—. «Así lo dice el Libro de las Catástrofes.» —Bostezó de forma
muy exagerada, lo que le permitió a Will captar una inquietante vista de sus
sonrosadas encías y del triste y solitario diente.
—Y cuando has oído una catástrofe, las has oído todas. —Imago le dio a Will un
codazo en las costillas.
—Amén —corearon Jesse Shingles y Joe Waites, chocando las jarras y riendo—.
¡Amén, amén, amén!
—Eso les consuela porque no son capaces de pensar por sí mismos —dijo Tam.
Will miró de reojo a Cal, y vio que se reía como los demás. No lo podía
comprender: en ocasiones su hermano parecía lleno de celo religioso, y otras veces no
dudaba en mostrar por la religión una total falta de respeto, incluso desprecio.
—Entonces, Will, ¿qué es lo que añoras más de la vida allá arriba? —le preguntó
de repente Jesse Shingles, señalando con el pulgar hacia el techo que tenían sobre la
cabeza. El chico se mostró dubitativo, y estaba a punto de decir algo cuando el
pequeño hombre continuó—: Yo echaría de menos el pescado con patatas fritas, y eso
que no lo he probado nunca. —Y le guiñó el ojo a Imago, en gesto de complicidad.
—Ya es suficiente. —Tam frunció el ceño, preocupado, mirando a la gente que
pululaba a su alrededor—. No es el momento ni el lugar.
Cal había bebido muy a gusto de su jarra, pero notó que Will no se atrevía con la
suya. Se limpió la boca con el dorso de la mano y se volvió hacia su hermano,
señalando con un gesto la jarra que hasta ese momento seguía entera.
—¡Vamos, inténtalo!
Will probó un sorbo del líquido de aspecto calcáreo y lo saboreó antes de
tragárselo.
—¿Qué te parece? —preguntó Cal.
Will se relamió los labios.
—No está mal —reconoció.
De pronto, sintió un picor. Los ojos se le abrieron todo lo grandes que eran y se le
llenaron de lágrimas, mientras le ardía la garganta. Resopló intentando detener el
acceso de tos, sin conseguirlo. Cal y el tío Tam sonrieron.
—No tengo edad para beber alcohol —explicó Will con la voz ahogada, dejando la
jarra en el borde de la mesa.
—¿Y quién te lo va a impedir? Aquí las normas son distintas. Mientras no te salgas
de la ley, cumplas con tus obligaciones y vayas a los oficios, a nadie le importa que te
desahogues un poco. Es sólo asunto tuyo —dijo Tam, dándole unas palmadas suaves
en la espalda.
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