Tuneles Roderick Gordon 1 Túneles | Page 187

Roderick Gordon- Brian Williams
Túneles
—¿ Qué buscas, mi niño?— dijo sin aliento, y su sonrisa torcida reveló una fila irregular de dientes partidos casi negros.
Bartleby gruñó mientras Cal se apresuró a interponerse entre Will y el hombre. Lo arrancó del torvo personaje y no lo soltó hasta que pasaron varios recodos del callejón y salieron de nuevo a una calle bien iluminada. Will exhaló un suspiro de alivio.
—¿ Qué lugar era ése?
— Los Rookeries. Es donde viven los pobres. Y sólo lo has visto por fuera. Realmente, no te gustaría encontrarte entre sus muros— dijo Cal, caminando tan aprisa que a Will le costaba trabajo mantener su paso. Notaba las consecuencias de la terrible experiencia vivida en el calabozo: le dolía el pecho y le pesaban los pies. Pero no quería que Cal lo notara, y hacía grandes esfuerzos por disimularlo y caminar a su ritmo.
Mientras el gato iba por delante, avanzando a saltos, Will seguía a Cal, que saltaba los charcos más grandes y bordeaba algún vertido ocasional de agua. Cayendo desde las sombras del techo de la caverna, como geiseres invertidos, aquellos torrentes no parecían brotar de ninguna parte.
Atravesaron una serie de anchas calles abarrotadas de estrechas casas adosadas, hasta que, en la distancia, Will vio las luces de una taberna en el vértice de una esquina, donde confluían dos calles. Había gente apiñada a la puerta en diversos grados de embriaguez, riendo estridentemente y gritando, y en alguna parte una voz de mujer cantaba una canción de manera espantosa. Al acercarse más pudo distinguir el letrero pintado con la inscripción « The Buttock and File », acompañada por el dibujo de la locomotora más extraña que hubiera visto nunca y que tenía, al parecer, como maquinista a un típico demonio con tridente, lleno de cuernos y con la piel escarlata y cola terminada en una punta de flecha.
La fachada e incluso las ventanas de la taberna estaban pintadas de negro y cubiertas de una película de hollín gris. El sitio estaba tan lleno que la gente se desparramaba por la acera y en la calle. Todos ellos bebían de jarras de peltre abollado, y algunos fumaban, en pipa larga de arcilla, o en objetos con forma de nabo que a Will no le sonaban de nada, pero que apestaban como pañales usados durante una eternidad.
Sin despegarse de la espalda de Cal, pasó junto a un hombre con sombrero de copa que estaba de pie ante una pequeña mesa plegable. «¡ Descubran la dama! ¡ Descubran la dama!», retaba a un par de interesados espectadores mientras cortaba con destreza una baraja de cartas, utilizando una sola mano.
— Mi buen señor— proclamó el hombre cuando uno de los espectadores avanzó un paso y echó una moneda sobre el tapete verde de la mesa. Extendió las cartas. A Will le dio pena no quedarse a ver el resultado del juego, pero no estaba dispuesto de
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