Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
ningún modo a separarse de su hermano mientras se adentraban en medio de la
muchedumbre. Rodeado de todas aquellas personas se sentía muy vulnerable, y
estaba pensando si podría persuadir a Cal de que volvieran a casa cuando oyó tronar
una voz amiga.
—¡Cal!, ¡trae para acá a Will!
De repente, toda la gente que había alrededor calló, y en el silencio todas las caras
se volvieron hacia él. El tío Tam salió de entre un grupo de personas, haciendo gestos
exagerados a los dos muchachos. Fuera de la taberna, los rostros de la multitud eran
variados: unos sonreían, otros expresaban curiosidad y algunos perplejidad, pero la
mayoría hacían un gesto de desprecio para mostrar una hostilidad sin disimulos. A
Tam aquello no pareció molestarle lo más mínimo. Les pasó los brazos a los dos
muchachos por los hombros y se giró para mirar a la multitud de manera desafiante.
La algarabía proseguía dentro de la taberna, como para hacer más intensos el
profundo silencio y la creciente tensión que había fuera. Aquel horrible silencio le
resultaba a Will atronador, y no le permitía prestar atención a ninguna otra cosa.
Entonces, alguien lanzó un eructo estruendoso, el más fuerte y prolongado que Will
hubiera oído nunca. Y mientras rebotaban en los edificios próximos los ecos del
eructo, el hechizo se rompió y todos los presentes estallaron en carcajadas mezcladas
con vítores y algún silbido de admiración.
No tardó mucho en decaer toda aquella alegría, y la gente volvió a calmarse y a
retomar sus conversaciones, mientras cierto hombre pequeño recibía felicitaciones y
palmadas en la espalda tan fuertes que tenía que tapar su jarra con la mano para
evitar que la bebida se derramara.
Todavía con deseos de desaparecer, Will mantenía la cabeza gacha. No pudo
evitar ver que Bartleby, tendido bajo el banco en el que se sentaban los hombres, de
repente saltaba como si algún parásito lo hubiera mordido. Retorciéndose, el gato
empezó a lamerse las partes pudendas, con una de las patas de atrás apuntando al
cielo, y al hacerlo, adquiría un curioso parecido con un pavo mal desplumado.
—Ahora que acabáis de conocer al gran guarro —dijo el tío Tam, mirando
brevemente hacia la multitud—, dejadme que os presente a la flor y nata de la
sociedad. ¡Este es Joe Waites! —dijo colocando a Will frente a un viejo arrugado.
Llevaba puesto un gorro muy apretado que le comprimía la mitad superior del
rostro, haciendo que los ojos se le salieran y levantándole las mejillas en una sonrisa
involuntaria. Un diente solitario asomaba en la mandíbula superior, como un
colmillo de marfil. Le tendió la mano a Will, que la estrechó de mala gana, algo
sorprendido de encontrarla cálida y seca.
—Y éste —Tam señaló con la cabeza a un hombre atildado que llevaba un
relumbroso traje de cuadros con chaleco y gafas de montura negra—, éste es Jesse
Shingles. —El sujeto se inclinó cortésmente y después se rió, levantando sus espesas
cejas.
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