Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
—Mira, no tienes que preocuparte. Se les pasará, ya lo verás. Pero de momento
eres nuevo y todos saben quién es tu madre. No te harán nada. —De repente, se paró
y se volvió hacia Will—: Pero a partir de aquí, mantén la cabeza gacha y no te pares.
¿Entendido? No te pares por nada del mundo.
Will no sabía a qué se refería Cal hasta que vio la entrada de un callejón por el
lado de su hermano: era un pasaje por el que apenas se cabía de costado. El chico se
metió por él, y Will lo siguió de mala gana. Era oscuro y claustrofóbico, y en el aire
flotaba el hedor a azufre de viejas aguas sucias. Como no veían dónde ponían los
pies, chapoteaban en charcos de líquidos no identificados. Will tenía cuidado de no
tocar las paredes, que estaban cubiertas de un cieno oscuro, grasiento.
Respiró cuando por fin salieron a la luz, aunque fuera escasa; pero se quedó con la
boca abierta al contemplar un paisaje que parecía sacado del Londres Victoriano. Los
edificios se cernían a ambos lados del estrecho callejón, inclinándose unos hacia otros
en ángulos tan peligrosos que los tejados casi se juntaban. Eran casas de madera en
un lamentable estado de conservación. Tenían la mayor parte de las ventanas rotas o
tapadas con tablas.
Aunque rio hubiera podido decir de dónde venían, Will oía voces, gritos y risas
por todas partes. Se oían retales sueltos de música, como escalas tocadas en una
cítara desafinada. En algún lugar lloraba un niño sin cesar y ladraban los perros. Al
pasar rápidamente por entre las deterioradas fachadas, Will percibía olorcillos de
carbón y de tabaco de pipa y, a través de las puertas abiertas, vislumbres de gente
apiñada a las mesas. Asomados a las ventanas, en mangas de camisa, los hombres
miraban aburridos al suelo y fumaban en pipa. Por el medio del callejón había una
acequia por la que corría lentamente el agua sucia transportando restos de verduras
y otros desperdicios, Will casi se cae en ella, y entonces, para evitarlo, se pegó a la
pared.
—¡No! ¡Cuidado! —se apresuró a advertirle Cal—. ¡Sepárate de la pared!
Mientras caminaban a toda prisa, Will apenas parpadeaba para no perderse nada
del festín para los ojos que suponía todo cuanto le rodeaba. Murmuraba
«¡sensacional!» para sí una y otra vez. Estaba preguntándose si su padre habría
estado allí, en aquel retazo de historia viva, cuando otra cosa le llamó la atención:
había personas en los estrechos pasajes que salían a cada lado, misteriosas siluetas
oscuras se movían en su interior, y oía murmullos histéricos, e incluso, en cierto
momento, el lejano sonido de alguien que gritaba desesperado. En uno de aquellos
pasajes vieron tambalearse una silueta oscura: era un hombre que llevaba la cabeza
tapada con un manto negro, que levantó para mostrar su rostro huesudo. Estaba
cubierto de una horrible capa de sudor, y su piel tenía color de hueso viejo. Agarró
con la mano el brazo de Will, y sus legañosos ojos amarillos se clavaron en los del
asustado muchacho.
186