Tuneles Roderick Gordon 1 Túneles | Page 186

Roderick Gordon - Brian Williams Túneles —Mira, no tienes que preocuparte. Se les pasará, ya lo verás. Pero de momento eres nuevo y todos saben quién es tu madre. No te harán nada. —De repente, se paró y se volvió hacia Will—: Pero a partir de aquí, mantén la cabeza gacha y no te pares. ¿Entendido? No te pares por nada del mundo. Will no sabía a qué se refería Cal hasta que vio la entrada de un callejón por el lado de su hermano: era un pasaje por el que apenas se cabía de costado. El chico se metió por él, y Will lo siguió de mala gana. Era oscuro y claustrofóbico, y en el aire flotaba el hedor a azufre de viejas aguas sucias. Como no veían dónde ponían los pies, chapoteaban en charcos de líquidos no identificados. Will tenía cuidado de no tocar las paredes, que estaban cubiertas de un cieno oscuro, grasiento. Respiró cuando por fin salieron a la luz, aunque fuera escasa; pero se quedó con la boca abierta al contemplar un paisaje que parecía sacado del Londres Victoriano. Los edificios se cernían a ambos lados del estrecho callejón, inclinándose unos hacia otros en ángulos tan peligrosos que los tejados casi se juntaban. Eran casas de madera en un lamentable estado de conservación. Tenían la mayor parte de las ventanas rotas o tapadas con tablas. Aunque rio hubiera podido decir de dónde venían, Will oía voces, gritos y risas por todas partes. Se oían retales sueltos de música, como escalas tocadas en una cítara desafinada. En algún lugar lloraba un niño sin cesar y ladraban los perros. Al pasar rápidamente por entre las deterioradas fachadas, Will percibía olorcillos de carbón y de tabaco de pipa y, a través de las puertas abiertas, vislumbres de gente apiñada a las mesas. Asomados a las ventanas, en mangas de camisa, los hombres miraban aburridos al suelo y fumaban en pipa. Por el medio del callejón había una acequia por la que corría lentamente el agua sucia transportando restos de verduras y otros desperdicios, Will casi se cae en ella, y entonces, para evitarlo, se pegó a la pared. —¡No! ¡Cuidado! —se apresuró a advertirle Cal—. ¡Sepárate de la pared! Mientras caminaban a toda prisa, Will apenas parpadeaba para no perderse nada del festín para los ojos que suponía todo cuanto le rodeaba. Murmuraba «¡sensacional!» para sí una y otra vez. Estaba preguntándose si su padre habría estado allí, en aquel retazo de historia viva, cuando otra cosa le llamó la atención: había personas en los estrechos pasajes que salían a cada lado, misteriosas siluetas oscuras se movían en su interior, y oía murmullos histéricos, e incluso, en cierto momento, el lejano sonido de alguien que gritaba desesperado. En uno de aquellos pasajes vieron tambalearse una silueta oscura: era un hombre que llevaba la cabeza tapada con un manto negro, que levantó para mostrar su rostro huesudo. Estaba cubierto de una horrible capa de sudor, y su piel tenía color de hueso viejo. Agarró con la mano el brazo de Will, y sus legañosos ojos amarillos se clavaron en los del asustado muchacho. 186