Roderick Gordon- Brian Williams
Túneles
tonterías— dijo con sorna, en voz muy baja—. Venga, vamos a ver a Tam. Estará en la taberna de Low Holborn.
Al llegar al final de la calle y doblar la esquina, una bandada de estorninos blancos voló por encima de ellos y realizó movimientos helicoidales lanzándose hacia el área de la caverna a la que se dirigían Will y Cal. Saliendo de no se sabía dónde, Bartleby se les acercó, moviendo la cola y la mandíbula inferior al ver a los pájaros, y entonando un maullido dulce y plañidero que casaba muy mal con su apariencia.
—¡ Venga, tonto, que no los vas a atrapar nunca!— le dijo Cal al animal cuando éste pasó a su lado con la cabeza en alto, persiguiéndolos.
Pasaron por delante de casuchas y de pequeños talleres: una herrería donde el herrero, un hombre ya entrado en años, iluminado a contraluz por las brasas de la fragua, daba martillazos sin descanso sobre un yunque; y de lugares con nombres como Geo, Blueskin Carreteros y Botica Erasmus. A Will le fascinó especialmente un patio oscuro, que tenía manchas de aceite por todas partes, abarrotado de carruajes y máquinas averiadas.
—¿ No deberíamos volver?— preguntó Will deteniéndose a mirar las rejas de forja y los extraños artilugios.
— No, papá todavía tardará un rato en regresar a casa— dijo Cal—. Pero deberíamos darnos prisa.
Mientras avanzaban hacia lo que a Will le parecía el centro de la caverna, no podía evitar mirar a su alrededor las sorprendentes vistas y las casas apiñadas en filas que no acababan nunca. Hasta ese momento no se había dado cuenta de lo grande que era aquel lugar. Y al levantar la vista vio una neblina brillante e inquieta, casi viva, suspendida como una nube por encima del caos de tejados, y alimentada por el brillo aunado de todas las esferas de luz.
Por un momento, la neblina le recordó a Will el verano de Highfield, con su bruma bochornosa. Salvo que donde debiera haber habido cielo y sol, sólo se alcanzaba a ver algo de la inmensa cubierta de piedra. Cal apretó el paso al cruzarse con algunos colonos que, a juzgar por la manera en que prolongaban la mirada, evidentemente sabían quién era Will. Algunos se pasaban a la otra acera para evitarlos, renegando algo en voz baja, y otros se quedaban quietos y ponían mala cara. Unos pocos hasta escupían en dirección a ellos.
A Will aquella actitud le hizo sentirse bastante mal.—¿ Por qué lo hacen?— preguntó en voz baja, caminando detrás de su hermano.— Ignóralos— respondió Cal aparentando seguridad.— Es como si me odiaran.— Siempre pasa lo mismo con los forasteros.— Pero...— comenzó Will.
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