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Roderick Gordon - Brian Williams Túneles correcto, volveremos para reclamar la superficie del mundo, para comenzar de nuevo, para construir nuevos dominios... la nueva Jerusalén. Porque ésta es la enseñanza que nos legaron nuestros antepasados y que ha llegado a nosotros a través de los tiempos por medio del Libro de las Catástrofes. En la nave se hizo un silencio absoluto, que no quebró ni una tos ni un arrastrar de pies. Después el predicador volvió a hablar, en un tono más tranquilo, casi de conversación: —Que se sepa, y que se comprenda —dijo, e inclinó la cabeza. A Will le pareció ver al señor Jerome sentado en un banco, pero no podía estar seguro porque estaba completamente rodeado de gente. A continuación, sin previo aviso, la congregación entera se unió a la plegaria monótona del styx: —La Tierra es del Señor y de sus seguidores; la Tierra y cuanto mora en ella. Demos gracias por siempre a nuestro Salvador, sir Gabriel, y a los Padres Fundadores por guiarnos y congregarnos, pues todo lo que sucede en la Tierra del Señor sucede también en el Reino de Dios. Hubo un instante de pausa antes de que el styx volviera a hablar: —Así en lo alto como aquí abajo. La voz de los congregados tronó con un amén mientras el styx daba un paso atrás y Will lo perdía de vista. Se giró hacia Cal para hacerle una pregunta, pero no tuvo tiempo porque la congregación empezó a dirigirse hacia la puerta, vaciando la nave tan aprisa como la habían llenado. Los chicos tuvieron que dejarse llevar por aquella marea de inquietantes seres hasta que se encontraron de nuevo en la calle, donde se quedaron mirando cómo se alejaban en todas direcciones. —Eso de «así en lo alto como aquí abajo» no lo pillo —le dijo Will a Cal en voz baja—. Creí que todos odiaban a los Seres de la Superficie. —«En lo alto» no significa en la Superficie —explicó Cal tan fuerte y en un tono tan petulante que varios hombres fornidos que estaban cerca se giraron para dirigirle a Will un gruñido de disgusto. Él hizo una mueca de dolor. Empezaba a preguntarse si tener un hermano más pequeño sería tan maravilloso como se había imaginado. —Pero ¿con qué frecuencia tenéis que hacer esto... ir a la iglesia? —se aventuró a preguntar Will cuando se recobró lo bastante de la anterior respuesta de Cal. —Una vez al día —dijo éste—. También vais a la iglesia allá arriba, ¿no? —Nuestra familia no. —Qué extraño —comentó Cal mirando furtivamente a su alrededor para comprobar que nadie los oía—. De todas maneras, no son más que un montón de 184