Roderick Gordon- Brian Williams
Túneles
apretujados. Al ponerse de puntillas para ver lo que había más allá, vio un gran crucifijo en la pared. Parecía formado con dos trozos de riel de la vía férrea, ensamblados con cuatro enormes pernos de remaches redondos.
Cal le tiró de la manga, y se abrieron camino por entre la multitud para colocarse más cerca de los bancos. Las puertas se cerraron con un potente estruendo, y Will comprendió que la nave se había abarrotado en muy poco tiempo. Sintió que se asfixiaba, apretado por un lado contra Cal y por los otros contra colonos de cuerpo voluminoso. La sala empezó a caldearse rápidamente, y de la ropa húmeda de la multitud se desprendía un vapor espectral que ascendía y rodeaba las luces que colgaban del techo. La algarabía se acalló cuando un styx subió al pulpito que estaba al lado de la cruz de metal. Llevaba una toga negra hasta los pies, y sus ojos brillaban en medio de aquel aire viciado. Por un breve instante, los cerró e inclinó hacia delante la cabeza. Después levantó la mirada poco a poco abriéndose la toga negra, algo que le hacía parecer una especie de murciélago a punto de emprender el vuelo. Extendió los brazos hacia la congregación y empezó a hablar con un sibilante sonsonete de aire monástico. Al principio Will no pudo entender bien lo que decía, aun cuando desde los cuatro rincones de la nave, los otros styx repetían las palabras del predicador en ásperos susurros, un sonido no muy diferente del que harían multitud de pergaminos al ser rasgados. Will escuchó con más atención mientras el predicador elevaba la voz.
— Sabed esto, hermanos, sabed esto— decía recorriendo a la congregación con la mirada mientras tomaba aliento de forma teatral—. La superficie de la Tierra está poblada por criaturas en permanente estado de guerra. En cada lado mueren millones, y no hay límites a la brutalidad de sus malos sentimientos. Las naciones caen y se alzan para volver a caer. Han acabado con los bosques y han corrompido los prados con su veneno.
En torno a Will, todos murmuraron palabras de conformidad. El predicador styx se inclinó hacia delante, aferrándose al borde del pulpito con sus pálidos dedos.
— Su avaricia sólo tiene parangón con su apetito de muerte, dolor, terror y prohibición hacia todas las cosas vivas. Y, pese a su iniquidad, todos aspiran a elevarse hacia el firmamento. Pero, tenedlo muy presente, el excesivo peso de sus pecados les hará caer.— Hubo una pausa mientras sus ojos negros recorrían al rebaño, y luego, elevando el brazo izquierdo por encima de la cabeza y apuntando hacia lo alto con un largo y huesudo dedo índice, prosiguió—: Nada queda en la superficie terrestre ni en los grandes océanos que no vaya a ser perturbado, saqueado o exterminado. Para todos los seres vivos que son masacrados por ellos, esos profanadores representan tanto la muerte como el camino de transición. Y cuando llegue el juicio... y, tenedlo muy presente, el juicio llegará— en ese momento bajó el brazo y señaló con aires premonitorios a la congregación, a través de la neblinosa atmósfera—, entonces serán arrojados al abismo y el Señor los abandonará para siempre... Y ese día, los fieles, los justos, nosotros los que seguimos el camino
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