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Roderick Gordon - Brian Williams Túneles Por dentro, la nave era más o menos tan grande como la mitad de un campo de fútbol. El suelo era de enormes losas llenas de manchas oscuras y brillantes. Las paredes estaban toscamente enlucidas y encaladas. Mirando a su alrededor, vio unas plataformas de madera levantadas en los cuatro rincones de la nave, que eran como pulpitos, en cada uno de los cuales había un styx que vigilaba a la concurrencia atenta y severamente. En el centro de las paredes de la izquierda y la derecha había dos enormes cuadros al óleo. A causa de la compacta masa que formaba la multitud, Will no veía bien el cuadro de la derecha, así que se volvió para examinar el que tenía más cerca. En primer plano aparecía un hombre vestido con levita negra y un chaleco verde oscuro, y con un sombrero de copa sobre su rostro lúgubre con enormes patillas. Posaba en actitud de estudiar una gran hoja de papel, tal vez un plano, que tenía desplegado y sujetaba con las dos manos. Y se hallaba en medio de algún tipo de excavaciones que se hacían en el terreno. A ambos lados, apiñados, había otros hombres con picos y palas, que lo observaban con arrebatada admiración. No sabía por qué, a Will le recordaba algunos cuadros que había visto de Cristo y sus discípulos. —¿Quién es ése? —le preguntó a Cal, señalando el cuadro mientras la multitud los pasaba. —Sir Gabriel Martineau, por supuesto. El cuadro se llama Abriendo la tierra. Como en la nave había cada vez más gente, Will tenía que mover la cabeza tan pronto a un lado como a otro para poder ver una porción mayor del cuadro. Aparte del personaje principal, ya identificado como el mismísimo Martineau, los rostros fantasmales de los trabajadores le resultaban fascinantes. Sus caras estaban iluminadas por rayos plateados de lo que parecía la luz de la luna, que irradiaban una luminosidad suave y virtuosa. Añadido a este efecto, algunos de ellos parecían tener una luz aún más brillante en la cabeza, como si fuera un halo. «No», pensó Will al comprender con un sobresalto que no eran halos en absoluto, sino su propio pelo blanco. —¿Y esos otros? —le preguntó a Cal—. ¿Quiénes son? Cal estaba a punto de responder cuando un corpulento colono chocó contra él, haciéndole dar casi media vuelta. El hombre prosiguió su camino sin disculparse, pero a Cal no le molestó lo más mínimo su conducta. Will seguía esperando una respuesta cuando el chico se dio la vuelta para volver a mirarlo a la cara. Se dirigió a él como quien le habla a alguien irremediablemente tonto: —Son nuestros ancestros, Will —suspiró. —¡Ah! Aunque lo devoraba la curiosidad, no había nada que hacer: su visión quedó completamente tapada por la multitud. Así que se volvió hacia la parte frontal de la nave, donde había unos diez bancos de madera tallada llenos de colonos muy 182