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Roderick Gordon- Brian Williams
Túneles
Aunque el señor Jerome no le había dirigido la palabra durante toda la comida, el resentimiento que irradiaba hacia él era demoledor. Will no sabía cuál sería el motivo, pero empezaba a preguntarse si tendría algo que ver con su auténtica madre, la persona de la que nadie parecía dispuesto a hablar. Aunque tal vez no fuera más que odio a los Seres de la Superficie. Pero, en cualquier caso, él hubiera preferido que se atreviera a decir algo, lo que fuera, tan sólo para acabar con aquel silencio torturador. Era de prever que no sería nada agradable lo que dijera, pero estaba preparado. Simplemente prefería pasar por ello lo antes posible. Había empezado a sudar, e intentó aflojarse el rígido cuello de su camisa nueva pasando un dedo por dentro. Era como si el comedor entero, en vez de aire, contuviera una gelatina fría y venenosa: sentía que se ahogaba.
La liberación llegó finalmente cuando, al terminar el plato de papilla, el señor Jerome se bebió un vaso de agua turbia y se levantó. Dobló dos veces la servilleta y la dejó caer sobre la mesa. Llegó a la puerta justo cuando el pobre criado entraba por ella con un frutero de cobre en las manos. Ante el horrorizado Will, Jerome lo apartó de un codazo brutal. El hombre dio un bandazo contra la pared y parecía que iba a caerse. Luchó denodadamente por mantener el equilibrio mientras el contenido del frutero se desparramaba. Las manzanas y naranjas rodaron por el suelo y algunas acabaron debajo de la mesa.
Como si no hubiera nada de extraordinario en el comportamiento de su amo, el criado no protestó. Will vio que tenía un corte en el labio y que la sangre le caía por la barbilla cuando el desgraciado, a cuatro patas junto a su silla, recuperaba las piezas de fruta.
Will estaba atónito, pero Cal no prestó ninguna atención al incidente. El, sin embargo, siguió al pobre hombre con la vista hasta que salió del comedor y luego, comprendiendo que no podía hacer nada, se fijó en el frutero: había plátanos, peras y un par de higos además de las manzanas y las naranjas. Se sirvió él mismo, muy contento de encontrar algo familiar y reconocible tras los dos platos precedentes.
En aquel momento la puerta de la calle se cerró con un portazo tal que temblaron las ventanas. Escucharon cómo los pasos del señor Jerome se alejaban. Fue Will quien rompió el silencio.
— No me tiene mucho cariño, ¿ verdad?— Cal negó con la cabeza mientras pelaba una naranja—. ¿ Por qué...?— Will se calló cuando vio que el criado volvía a aparecer y se quedaba en actitud sumisa tras la silla de Cal.
— Puedes irte— le ordenó el chico con rudeza, sin tan siquiera molestarse en mirar al criado, que salió del comedor sigilosamente.
—¿ Quién es?— preguntó Will. Watkins. Will se quedó un momento callado. Después preguntó:
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