Tuneles Roderick Gordon 1 Túneles | Page 177

Roderick Gordon- Brian Williams
Túneles
— Bien, cuando lo hagas, iré contigo.— Sonreía, pero los ojos tenían una expresión muy seria.
Esto le pilló a Will tan desprevenido que no supo qué responder. Pero en ese instante lo salvó un gong que sonó insistentemente en algún punto de la casa.
—¡ A cenar! Papá ya debe de haber llegado. ¡ Vamos!— Cal se levantó de un salto, salió corriendo por la puerta y bajó hasta el comedor, seguido de cerca por Will. El señor Jerome se hallaba ya sentado a la cabecera de la mesa. El padre de Cal no levantó la vista cuando entraron, sino que sus ojos permanecieron fijos en la mesa, que era de una madera con un llamativo veteado.
El comedor no podía ser más diferente del suntuoso salón en el que Will había estado antes. Era espartano, con sólo los muebles fundamentales, y parecía que las maderas de las que estaban hechos los muebles habían soportado siglos de uso. Al observarlas con más detenimiento, se dio cuenta de que la mesa y las sillas estaban hechas de una mezcla de maderas diferentes, que tenían colores contrapuestos y veteados dispares. Había piezas barnizadas o enceradas, mientras que otras ni siquiera estaban lijadas y desprendían astillas. Las sillas de alto respaldo parecían especialmente viejas y destartaladas, con patas largas y delgadas que crujieron de forma lastimosa cuando se sentaron los chicos, cada uno a un lado del huraño señor que apenas le dirigió a Will una mirada. Este cambió de postura en la silla intentando ponerse cómodo, al tiempo que se preguntaba cómo aquellas sillas podían aguantar a alguien del impresionante tamaño de aquel hombre sin desmoronarse.
El señor Jerome carraspeó y, sin aviso previo, él y Cal se inclinaron hacia delante, cerraron los ojos y juntaron las manos sobre la mesa. Algo incómodo, Will los imitó.
— El sol no volverá a ponerse ni se retirará la luna de los cielos, pues el Señor será tu luz duradera y los oscuros días de tu padecer llegarán a su fin— recitó con monotonía el señor Jerome.
Will no era capaz de dejar de mirar disimuladamente al padre de Cal con los ojos entornados. Todo le parecía muy extraño. En su casa, a nadie se le había ocurrido nunca bendecir la mesa. Lo más parecido que se escuchaba a una plegaria era cuando su madre gritaba: «¡ Cierra el pico, por el amor de Dios!»
— Así en lo alto como aquí abajo— concluyó.
— Amén— dijeron al unísono él y Cal, demasiado rápidamente para que Will pudiera sumarse. Se incorporaron, y el señor Jerome dio la señal de empezar a comer golpeando el vaso con la cuchara.
Hubo un instante de incómodo silencio durante el cual ninguno de los comensales miró a nadie. Luego un hombre de pelo largo y grasiento entró en el comedor arrastrando los pies. Tenía la cara marcada por profundas arrugas, y las mejillas descarnadas. Llevaba un delantal de cuero, y sus ojos cansados y lánguidos, que
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