Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
chocolate y una bolsa de dulces envueltos en papel de celofán que había en el fondo
de la lata. Parecía que trataba de encontrar la composición perfecta.
—¿Para qué son esos chocolates? —preguntó Will esperando que Cal le ofreciera
alguno.
—Los guardo para alguna ocasión muy especial —dijo el chico mientras le
entregaba afectuosamente una barrita de chocolate con frutas y avellanas—.
Simplemente me encanta el olor. —Se puso una barrita debajo de la nariz y aspiró
con fuerza—. Con esto me conformo... No necesito abrirla. —Y puso cara de éxtasis,
con los ojos en blanco.
—¿Dónde has encontrado todo esto? —preguntó Will, dejando los folletos de
coches, que volvieron a adoptar lentamente la curvatura de un tubo roto. Con
cautela, Cal miró hacia la puerta de la habitación y se acercó un poco más a él.
—El tío Tam —dijo en voz baja—. Sale a menudo de la Colonia. Pero no se lo digas
a nadie. Si se supiera, lo desterrarían. —Dudó y volvió a mirar a la puerta—. Incluso
visita la Superficie.
—¿De verdad? —preguntó Will, escrutando con atención la cara de Cal—. ¿Y
cuándo lo hace?
—Bastante a menudo. —Cal se lo dijo tan bajo que Will tuvo dificultades para
entenderlo—. Canjea cosas que... —titubeó, comprendiendo que se estaba pasando
de la raya—, cosas que encuentra.
—¿Dónde?
—En sus viajes —dijo esquivando la pregunta mientras volvía a meter las cosas en
la lata, encajaba la tapa y la escondía de nuevo bajo el armario. Aún arrodillado, se
volvió hacia Will—. Tú vas a irte, ¿no? —preguntó con una sonrisa picara.
—¿Eh? —soltó Will, desconcertado por lo inesperado de la pregunta.
—Venga, me lo puedes decir. Te vas a escapar, ¿no? ¡Lo sé! —Cal temblaba de
emoción esperando la respuesta de Will.
—¿Quieres decir que si volveré a Highfield?
El chico asintió enérgicamente con la cabeza.
—Puede que sí, puede que no, todavía no lo sé —dijo Will con prudencia. A pesar
de la emoción y de todo lo que empezaba a sentir por su familia recién encontrada,
quería evitar riesgos por el momento. En su cabeza, una vocecita seguía avisándolo
de que todo podía ser parte de un sofisticado plan para atraparlo y dejarlo allí para
siempre, y que hasta aquel chaval que decía que era su hermano podía estar
trabajando para los styx. Aún no estaba preparado para confiar en él completamente.
Cal lo miró a los ojos.
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