Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
mucho más grande que la de su propia casa. Las dos estrechas camas, entre las que
quedaba muy poco espacio, y el armario, casi la llenaban por completo.
Se acercó al pie de una de las camas y, viendo varias piezas de ropa sobre la
almohada, le dirigió a Cal una mirada interrogante.
—Sí, es para ti —confirmó el chico.
—Creo que no me vendría mal cambiarme —murmuró Will, mirando los sucios
vaqueros que llevaba puestos. Tocó la ropa nueva y pasó la mano por el tejido de los
pantalones a la cera. Resultaba áspero, casi escamoso. Pensó que probablemente
estaba pensado para proteger de la humedad.
Comenzó,a cambiarse mientras Cal se tendía en la cama boca arriba. Al contacto
con la piel, la ropa le resultaba extraña y fría. Los pantalones estaban rígidos y
raspaban, y se abrochaban con botones de metal y un cinturón al que había que hacer
un nudo. Se embutió la camisa sin molestarse en desabotonarla, y luego movió los
hombros y los brazos como si estrenara una nueva piel. Por último, se encogió de
hombros para probarse la larga chaqueta con la esclavina que todo el mundo llevaba
allí. Aunque estaba encantado de poderse quitar la ropa sucia, la nueva le resultaba
rígida e incómoda.
—No te preocupes, pierden la rigidez con el calor —explicó Cal al notar su
incomodidad. Entonces el chico se levantó y caminó sobre la cama de Will para llegar
al armario. Se arrodilló ante él y sacó de debajo una vieja lata de galletas.
—Mira esto. —Puso la lata encima de la cama de Will, y le quitó la tapa—. Es mi
colección —anunció con orgullo—. Sacó de la lata un teléfono móvil abollado que le
pasó a Will, que trató inmediatamente de encenderlo. No funcionaba. «Ni útil ni
bonito.» Will recordó la frase habitual de su padre, que pronunciaba en ocasiones
como aquélla, que resultaba irónica teniendo en cuenta que la mayor parte de las
preciadas posesiones del doctor Burrows tampoco encajaban en ninguna de las dos
categorías.
—Y mira esto. —Cal sacó una pequeña radio azul, la levantó para mostrársela a
Will, y accionó el botón de encendido. La radio crepitaba con un leve sonido metálico
al girar una de las ruedecillas.
—Aquí no pillas nada —comentó Will, pero Cal ya estaba sacando otra cosa de la
lata.
—Mira esto, son fantásticos. —Y le mostró unos folletos de coches enrollados y
salpicados de manchas de moho blanquecino, y se los pasó a Will como si fueran
pergaminos de valor incalculable. Él hizo un gesto de suficiencia al mirarlos.
—Son modelos muy antiguos —le dijo a Cal pasando las páginas, que contenían
fotos de coches deportivos y turismos—. «El nuevo Capri» —leyó en voz alta, y se
rió. Miró a Cal y lo vio absorto en la tarea de colocar una selección de barras de
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