Tuneles Roderick Gordon 1 Túneles | Page 172

Roderick Gordon- Brian Williams Túneles
— Son setas: se comen. Seguramente los habrás probado en el calabozo.
— Ah, vale— dijo Will, poniendo mala cara mientras se levantaba—. ¿ Y eso?— preguntó señalando algo que colgaba de los estantes superiores y tenía aspecto de cintas de cecina de buey.
Cal sonrió de oreja a oreja:— Seguro que eres capaz de adivinarlo.
Will dudó un momento y acercó la nariz a una de las cintas. Sin lugar a dudas, era algún tipo de carne. Parecían como nervios alargados, y tenían el color de la costra de una herida reciente. Probó a olerías, y después movió la cabeza hacia los lados:
— Ni idea.— Vamos, ¿ no reconoces el olor? Will cerró los ojos y volvió a oler:
— No, no huele como nada que yo...— Abrió los ojos de repente y miró a Cal—: Es rata, ¿ verdad?— dijo, orgulloso de haber sido capaz de identificarla pero, al mismo tiempo, consternado por el descubrimiento—: ¿ Coméis rata?
— No sé qué tiene de malo, es deliciosa... Ahora dime de qué tipo es— le retó Cal, divertido con el evidente desagrado de Will—: ¿ Común, de alcantarilla o ciega?
— No me gustan las ratas, y mucho menos comerlas. No puedo imaginármelo. Cal meneó la cabeza lentamente, con expresión de burlona decepción.
— Es fácil: es ciega— explicó levantando con el dedo el extremo de una de las cintas y oliéndolo—. Es más fuerte que los otros tipos, un poco especial. Es comida de domingo.
Los interrumpió un traqueteo y ambos se dieron la vuelta a la vez. Allí, ronroneando con toda su fuerza, estaba Bartleby sentado, con los enormes ojos ambarinos fijos en las tiras de carne, y babeando.
—¡ Fuera!— le gritó Cal, señalando la puerta de la cocina.
El gato no se movió ni un centímetro, sino que siguió sentado sobre las baldosas del suelo, hipnotizado por la visión de la carne.
—¡ Barí, te he dicho que salgas!— volvió a gritar Cal, amenazando con el gesto de cerrar la puerta mientras Will y él salían de la despensa. El gato gruñó amenazador enseñando los dientes, que eran como una empalizada de estacas endiabladamente afiladas, mientras se le ponía carne de gallina.
—¡ Minino maleducado!— le gritó Cal—. ¡ Sabes que eso no es para ti!
El chico amagó una patada al desobediente animal, que se hizo a un lado y evitó fácilmente el golpe. Volviéndose despacio, Bartleby les dirigió a ambos una mirada
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