Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
—¿Qué hay aquí? —preguntó señalando una puerta negra con picaporte de
bronce.
—No es nada. Sólo la cocina —contestó Cal con impaciencia.
—¿Puedo echar un vistazo rápido? —preguntó Will mientras se acercaba a la
puerta.
Cal dejó escapar un suspiro.
—Vale, pero no hay nada que ver —dijo en tono resignado, y bajó la escalera,
dejando la mochila al pie de ella—. ¡No es más que la cocina!
Al empujar la puerta, Will se encontró en una sala de techo bajo con aspecto de
hospital Victoriano. Y además también olía a hospital Victoriano, con un trasfondo
de ácido fénico mezclado con confusos olores de comida. Las paredes eran del color
de los champiñones, sin brillo, y el suelo y las superficies de trabajo estaban
alicatadas con grandes azulejos blancos, agrietados con mil arañazos y fisuras. En
algunos puntos habían perdido el esmalte de tanto fregarlos durante años.
Le llamó la atención un rincón en el que las tapas repiqueteaban en una serie de
cazuelas puestas sobre una cocina de aspecto antiguo que tenía su contundente
armazón impregnada de manchas de aspecto cristalino provocadas por la grasa
quemada durante años. Se inclinó sobre la cazuela más cercana, pero el vapor que
salía y que olía vagamente apetitoso impedía ver el contenido que hervía dentro. A
su derecha, detrás de una tabla de cortar de aspecto muy sólido, con un hacha de
hoja grande que colgaba de un gancho, Will vio otra puerta.
—¿Y aquí qué hay?
—Mira, creo que sería mejor... —Cal se calló al comprender que no se podía
discutir con su hermano, que estaba ya metiendo las narices en la pequeña habitación
adyacente.
Los ojos se le iluminaron al ver lo que había allí: era como el almacén de un
alquimista, con una serie de estantes llenos de tarros anchos y no muy altos que
contenían encurtidos irreconocibles, todos horriblemente distorsionados por la
curvatura del cristal y decolorados por el fluido oleaginoso en el que estaban
metidos. Recordaban los especímenes anatómicos que se guardan en formol.
En el estante inferior, puestos en bandejas de metal sin brillo, Will vio un grupo de
objetos del tamaño de balones pequeños, que tenían una pelusilla de color marrón
grisáceo.
—¿Y esto qué es?
—Boletus edulis. Los tenemos por todas partes, pero sobre todo en las
habitaciones inferiores.
—¿Para qué sirven? —Will se había agachado para examinar su piel moteada de
terciopelo.
171