Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
25
Después de la conversación, el té, el pastel y las revelaciones, el tío Tam se levantó
con un bostezo cavernoso y desperezó su poderoso esqueleto produciendo varios
chasquidos que daban escalofríos. Se volvió hacia la abuela.
—Bueno, mamá, ya es hora de que te lleve a casa.
Y diciendo eso, se despidieron y se fueron.
Sin la atronadora voz de Tam y sin sus contagiosas risotadas, la casa parecía un
lugar diferente.
—Te enseñaré dónde vas a dormir —le dijo Cal a Will, que respondió algo
ininteligible. Era como si lo hubieran hechizado, y su mente hubiera quedado
ocupada con pensamientos y sentimientos nuevos que, por mucho que lo intentara,
no podía evitar que afloraran continuamente a la superficie, como un banco de peces
hambrientos.
Entraron en el recibidor, donde Will se animó un poco. Fue fijándose en la
sucesión de retratos que colgaban de la pared, mientras avanzaba muy despacio.
—Creí que tu abuela vivía en esta casa —le dijo a Cal con voz distante.
—Se le permite venir a visitarme aquí. —El chico apartó inmediatamente la
mirada de Will, que comprendió que aquella frase encerraba más de lo que parecía.
—¿Qué quieres decir con eso de que se le permite?
—Bueno, ella tiene su propia casa, donde nacieron mamá y el tío Tam —dijo Cal
de forma evasiva, moviendo la cabeza—. ¡Vamos, por aquí! —Estaba a mitad de la
escalera, con la mochila de Will colgada del brazo, cuando se dio cuenta, con
exasperación, de que éste no lo seguía. Asomándose por la barandilla, vio que
continuaba observando los retratos y que algo le había llamado la atención al final
del recibidor.
Su curiosidad innata, su interés por todo lo nuevo y por descubrir cosas volvían a
apoderarse de Will, haciendo desaparecer el cansancio y su preocupación por todo lo
que acababa de saber.
170