Tuneles Roderick Gordon 1 Túneles | Page 166

Roderick Gordon- Brian Williams
Túneles
Medio dormido, el gato tropezó de lado contra el pie de una mesa auxiliar, que cayó al suelo al mismo tiempo que la puerta del salón se abría bruscamente. Un hombre grande, corpulento, entró por ella como un trueno furioso, y su rostro pálido, aunque colorado en aquellos momentos, brilló con una emoción no disimulada.
—¿ Dónde está? ¿ Dónde está?— gritó, y clavó su fiera mirada en Will, que se levantaba de la butaca con miedo, sin saber cómo tomarse aquella impetuosidad. En un par de zancadas, el hombre cruzó el salón y apretó a Will en un abrazo digno de un oso, levantándolo del suelo como si no pesara más que una bolsa de plumas. Soltando una carcajada ensordecedora, alejó a Will todo lo que le permitían los brazos, mientras los pies del muchacho le colgaban en el aire.
— Déjame que te mire. Sí... sí, eres hijo de tu madre, no cabe duda. Tiene los mismos ojos que ella, ¿ verdad, mamá? Sí, los mismos ojos y la misma barbilla. ¡ Es tan guapo como ella, Dios mío!— gritó, y se echó a reír a carcajadas.
— Bájalo, Tam— dijo la abuela.
Lo bajó y lo dejó en el suelo, sin dejar de mirarlo atentamente a los ojos, sonriendo y sacudiéndole la cabeza.
— Este es un gran día, un gran día sin duda.— Le tendió a Will una mano tan grande como un jamón—. Yo soy tu tío Tam.
El chico le dio la mano inmediatamente, y Tam se la estrechó con fuerza férrea y tiró de él hacia sí para alborotarle el pelo con la otra mano y acercar la nariz a la coronilla de Will para aspirar su olor, cosa que hizo de manera ruidosa y exagerada.
— Este rebosa sangre de los Macaulay— dijo con voz de trueno—. ¿ No te parece, mamá?
— No me cabe la menor duda, Tam— respondió la mujer con suavidad—. Pero no me lo asustes con tus modales.
Bartleby frotaba su enorme cabeza contra la pernera de los pantalones negros y brillantes del tío Tam, e interponía su largo cuerpo entre el hombre y Will, sin dejar de ronronear ni de elevar unos extraños gemidos. Tam bajó un instante la mirada al animal, y luego la levantó hacia Cal, que seguía de pie junto a su abuela, disfrutando del espectáculo.
— Cal, el aprendiz de mago, ¿ cómo estás, chaval? ¿ Qué te parece todo esto, eh?— Pasó de un chico al otro—. Por Dios, cómo me alegra volver a veros a los dos bajo el mismo techo.
— Movió la cabeza hacia los lados, sin poder creérselo—. Hermanos, ah, hermanitos... y sobrinos míos. Esto merece ser celebrado con una bebida de verdad.
— Precisamente estábamos a punto de tomar un té— se apresuró a decir la abuela Macaulay—. ¿ Te apetece una taza, Tam?
El se volvió hacia su madre y le sonrió de oreja a oreja, con una mirada picara: 166