Tuneles Roderick Gordon 1 Túneles | Page 165

Roderick Gordon - Brian Williams Túneles cambiaría lo que sentía por su padre. Y no importaba lo difícil que Rebecca le hubiera hecho la vida, tenía que admitir que la echaba muchísimo de menos. Se sintió culpable al comprender que por aquel entonces ella estaría muerta de preocupación, sin saber qué había sido de él. Su pequeño mundo, tan bien ordenado, se le tenía que estar desmoronando. Le costó trabajo tragar saliva. «¡Lo siento, Rebecca, tendría que habértelo dicho, al menos tendría que haber dejado una nota!», pensó. Se preguntó si habría llamado a la policía al descubrir que había desaparecido, algo que no sirvió para nada tras la desaparición de su padre. Pero relegó todas esas ideas cuando recordó otra cosa aún peor: que Chester estaba solo y preso en aquel espantoso calabozo. —¿Qué le ocurrirá a mi amigo? —preguntó de pronto. La abuela Macaulay no respondió, sino que se quedó mirando al fuego, como ausente, pero Cal sí se apresuró a contestar: —Nunca le dejarán volver... Ni a ti tampoco. —Pero ¿por qué? —preguntó Will—. Prometeremos no decir ni una palabra... sobre todo esto. Hubo unos segundos de silencio, al final de los cuales la abuela Macaulay tosió con suavidad. —Con los styx eso no iba a colar —comentó ella—. No consentirían que nadie pudiera hablar a los Seres de la Superficie sobre nosotros. Una cosa así podría propiciar el Descubrimiento. —¿El Descubrimiento? —Es lo que nos enseña el Libro de las Catástrofes. Es el final de todas las cosas, cuando al final nos descubren y todo el mundo muere a manos de los de arriba — dijo Cal con voz monótona, como recitando de memoria. —¡Dios nos libre! —murmuró la anciana, apartando la mirada y volviendo a mirar hacia la hoguera. —Entonces, ¿qué harán con Chester? —preguntó Will, temiendo la respuesta. —O lo ponen a trabajar, o lo destierran... enviándolo en tren a las Profundidades y dejándolo allí para que se valga por sí mismo —contestó Cal. Will estaba a punto de preguntar qué eran las Profundidades cuando se oyó abrir la puerta principal con un golpe. La hoguera se estremeció y soltó una salva de chispas que brilló brevemente al ascender hacia el tiro de la chimenea. La abuela Macaulay miró a su lado de la butaca, sonriendo, mientras Cal y Bartleby se ponían en pie de un salto. Se oyó la potente voz de un hombre que gritaba: —¿Hay alguien en casa? 165